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Pasar la sequía, recordar el polvo

Miércoles, diciembre 3, 2014
Te conozco. / Andate.

Te conozco. / Andate.

“Yo a vos te conozco de antes”, señaló con su dedo, sin decir palabra alguna, LaAbuela a LaNieta amorosa, cuando abrió sus ojos de miel quemada en el fogón.

Al entrar a la casa, la joven se acercó y le recetó un beso fuerte en la frente arrugada de nácar de la madre de su madre, mientras le lanzaba preguntas de saludo que no conseguían más respuesta que un pesado cerrar y abrir de ojos, como si se abrieran las puertas gigantes de una antigua presa abandonada y sin río para pasar.

“¿Cómo está Tita?”, insistió, sabiendo que no saldrían sonidos de su vetusto y débil cuerpo, que ya pasaba sus días más dormida que despierta.

“Ahora vinieron unas señoras de arriba y nada les quiso decir. Las echó”, bromeó LaNietaCuidadora, disminuida por años de vida dura en la sequía, golpes de bombo en el alma y el solitario trabajo de cuido de una adulta mayor, sin atención por parte de la mayor parte de sus hijos.

Diminuta de altura y aún más allá de los 40 años, todavía guardaba un rostro infantil. Perdió la chispa que aporta la esperanza y el amor. Las piedras se hicieron muy grandes; las risas de niños no alcanzan para curar; la soledad en el molote es una pesada lápida.

ElOtroNieto saludó, tomó café y sonrió sin sentirlo a un árido patio, que dos pequeños zagüates animaban, mientras un gato blanco intentaba jugar con el conejo enjaulado.

En una mesa, una niña lo miraba curiosa y con unas perlas por diente que iluminaban su marco. Otra niña mayor, que trajo la vida y la sequía de otra palma, caminaba más seria. La primera distraída en conversaciones telefónicas con algún amor, alguna risueña amistad… La otra huía en su mente a un bosque fértil, esos que no crecen en los páramos polvorientos.

Los ojos de miel quemada en el fogón de LaAbuela se cerraron sin ganas de abrirse más, mientras los breves minutos de la fugaz visita se extinguieron.

“Adiós Tita. Te amo”, reiteró LaNieta con un beso en la frente nonagenaria. LaAbuela movió su mano en ademán de que la dejarán quieta y sola, que se fueran y no estuvieran ahí. “Fuera”, murmuró – casi gritó – irritadamente su mano huesuda.

Antes no es ahora. El polvo se mete en todas las gavetas del ignorante corazón. Mientras afuera todo es consumido por la mala hierba, por el brutal tiempo y la historia que marca el presente.

Un lagrimeo después, los nietos siguieron su camino, pasada la seca sequía.

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