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Dos asaltos en media hora…se acabó mi buena racha

Jueves, enero 30, 2014

El miércoles de esta semana fui asaltado por partida doble, en menos de media hora. En un caso con la violencia violatoria que miles han sufrido y el otro con la pasividad de sólo palabras y una risa detestable. Ambos despertaron ira, frustración y tocaron el bolsillo.

I

(Imagen de CRHoy)

(Imagen de CRHoy)

El sol arremetía contra las latas de zinc del barrio Metrópolis I en Rincón Grande de Pavas y contra el rostro de los curiosos, ilusionados, idiotas, ilusos y bombetas que salieron a la calle a recibir al candidato presidencial del Partido Liberación Nacional. Por mi trabajo, acudí a esa alameda donde Johnny Araya probablemente no entraría en un día libre, pero este miércoles se convirtió en su enésima caza de votos, antes del crucial 2 de febrero próximo.

(Para los que no han ido, del Liceo de Rincón Grande, se baja hacia el norte. Típico barrio con una rotonda, casuchas, casillas, casas y callejuelas. Entre todo, gente buena, despreciables ladrones y drogadictos y búnkers. La pinta lo denota, pero el sol encandila al inocente.)

Al final de esa calle del higuerón, un tugurio, el tugurio Tarzán, en honor al líder de la zona, que enfundado en su camisa “Johnny Araya 2014”, salió a recibir al único alcalde que recuerda. Ahí, las palabras inspiradoras del líder, (que para mi fueron casi profetizantes y repletas de ironía posterior). Ahí, espacios que son casa para muchos. Ahí, niños que no pierden la sonrisa ni descalzos, con hambre y en harapos. Ahí, un camino empedrado con espacios que llaman casas, pero no son viviendas dignas para un humano.

“Yo puedo entrar a Rincón Grande sin guardaespaldas porque la gente me tiene cariño. La gente me ha visto trabajando”, vociferó el palmareño. Mis ojos se toparon con los de una colega. Mismo gesto. Ese que está haciendo usted. Pero los políticos saben dar en la tecla justa, cuando entran a un tugurio. Estrechar la mano de personas desafortunadas, desgraciadas, pobres, de malas decisiones…no lo sé. Tendría que conocerlos a todos. Dichoso don Johnny.

II

Tras las palabras, los saludos, los abrazos, las decenas de fotografías y la obtención de algunos votos seguramente, procedió la salida de los compañeros, pegabanderas y trabajadores del candidato y los comunicadores que estuvimos. Llegaba lo usual: terminar de mandar vídeos, texto y fotografías necesarias para que en mi oficina montaran la nota. Pequé de iluso y me senté en la esquina de la rotonda de Metrópolis I. Justo donde me dejó mi compañero chofer.

Como una ráfaga de huracán, un golpe a la quijada. Mano de boxeador ebrio tenía ese tipo. Gancho con la derecha. Llave al cuello con la izquierda. Y seguidillas de golpes con la derecha. Su pareja de crimen se abalanzó sobre mi brazo izquierdo, dueño hasta ese momento, de un teléfono celular sin un mes de uso, mientras mi derecha intentaba zafarse o no ser ahogado.

En segundos confusos, pudieron ser 100 o 10, no lo sé, gritaron, forcejeé, me negué a lo inevitable, aguanté, arranqué un pedazo de camisa, amenazaron con un balazo (aunque dudo que tuvieran arma) y finalmente cedí. Boca abajo se fue mi lente de contacto derecho y me levanté solo para ver dos pares de piernas en huída. Hacia uno de esos callejones típicos de estas barriadas josefinas.

III

– ¿Está bien muchacho?

– Si…bueno golepado, no sé. Puta. Mi lente se salió.

– ¿Qué le quitaron?

– Celular, nada más.

De la nada, brotó un puñado de vecinos que llegaron a mi tardío auxilio. Un celular, dos llamadas y la patrulla en el sitio. Tras la descripción, la lección.

– Ah no…es que aquí no se puede hacer eso. En dos patadas lo dejan ciego a cualquiera.

– Si…yo sé…yo sé que es feo…solo diay…hubiera entrado a esa pulpe.

Un vecino aportó los apodos de los ladrones a quiénes (perdón Abuelo, perdón Mandela, no sé nada del perdón) deseo la muerte. Aportan poco y nada al mundo, quizás a la economía del crimen. Y a qué calle se metieron. Un veterano policía lo apuntó en un gastado cuadernillo. Una vuelta para conocer mejor el barrio y una señal a la posible guarida.

– Es que nosotros no podemos entrar.

– Si, yo sé. ¿Me saca a la principal?

– Sí, súbase. Ponga la denuncia. Ya con eso. Ese señor es testigo. Ya con eso, ahí sube el expediente. Cuando lo agarremos…tendrá más causa. Póngala.

IV

En una espiral de incredulidad salí a una espera eterna en la calle de Rincón Grande. Quería largarme y volver con un AK-47 y Chuck Norris de amigo a buscarlos. Vaya amenaza para alguien que en su vida ha disparado una pistola o lanzado un puñetazo. Y en eso se acercó mi tercer asaltante del día: un trabajador de un centro educativo en una camiseta verde perico.

– Diay…¿muy feo lo hicieron?

– Si. Pero diay. ¿Me presta el celular para llamar a la oficina?

– Uy manillo, no tengo saldo. Tengo que poner, bueno ahí en la oficina me ponen.

El tipo resultó ser un educador, pero hoy militante, coordinador y organizador del comando verdiblanco en este sector de Pavas. En eso pasó una joven morena, con dos bolsas de carne, chorizo y cerdo. Tras el saludo pertinente con mi compañero de espero, las bromas, llegó la explicación.

– ¡Qué rico se la tira vago!

– Nada de vago. Estoy trabajando. A mi la jefa me dijo ‘vaya a hacer pelota’ ahí. Me pagan el día y aquí estoy. A las dos tengo reunión.

El hombre me clavó el puñal. Ese clientelismo, esa corrupción a escala, esa vagabundería con sello político. Mitines con tintes de estafa. No es nuevo. La gente lo sabe. Los veteranos lo conocen bien. Pero tras un asalto se sintió peor. Sólo arrugué una sonrisa y pedí que llegara el carro.

Larga espera a la par del ejecutor de mi segundo asalto del día. Sin violencia, sin forcejeos, sin llevarse mi billetera. Pero el panorama de una Costa Rica que hace mucho se desangra, por heridas enormes y por huequitos de curita. Detestable hombrecillo corrupto que robó un salario. Igual o más que los piedreros de unos minutos antes, no lo sé.

V

No aguanto el cuello. Esto es una mierda. Jueputas lajas. Puta, mi celular casi nuevo. Tranquilo, pudo haber sido peor y han habido miles a quiénes les ha ido mucho peor. Deje de llorar. Bueno. Dichoso don Johnny, usted no necesita guardaespaldas acá. Yo sí.

El domingo marcaré una X en una hoja, con la esperanza de que (ninguna de las dos epidemias se acabará en un Gobierno) al final de la jornada recupere en algo el optimismo – nunca tenido totalmente – pero hoy perdido mucho más.