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Vivir #Brasil2014 I – El precio del menosprecio

Miércoles, julio 2, 2014
Costa Rico provocó bromas antes del Mundial. Luego admiración. Negué al menos tres veces cambiar mi chema de la Sele.

Costa Rico provocó bromas antes del Mundial. Luego admiración. Negué al menos tres veces cambiar mi chema de la Sele.

Introducción

En octubre del 2007, la corrupta Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) tomó la decisión de que Brasil fuera la sede de la XX Copa Mundial. En ese momento ya fraguaba en mi mente la cercana y real posibilidad de cumplir un sueño de carajillo: vivir un mundial de cerca, en los estadios, siguiendo a mi país. Lo dejé para tarde, pero salió. El ahorro cumplió, el gasto (inversión) poco importó y un día antes de la inauguración rompía la madrugada, de San José a Alajuela a Miami a Río a Fortaleza a un sueño…

Viajé con miles de ideas de lo que podía ser Brasil, su gente, su fiesta, sus mujeres, su frescura, el fútbol en una fiesta mundialista. Mi imaginación se quedó corta. El sueño era realidad y lo palpaba con seis sentidos, cada día y noche. Tras dos semanas y unos días, hasta el gane de octavos de final de la Selección de Costa Rica, intento contar la aventura futbolera y de la gente, de junio del 2014.

Apostemos…

Una noche antes del glorioso partido contra Uruguay en la Arena Castelao de Fortaleza, calurosa ciudad costera, los ticos iniciábamos nuestra fiesta en aeropuertos, cuartos de hoteles, aceras, bares y el Fan Fest del punto. En cada sede la FIFA armó un área con una enorme pantalla y múltiples ventas de cerveza, frescos y cuanta carajada oficial del Mundial exista. Decenas de nacionalidades, bailes, alegría y bromas. Comenzamos a hablar con unos animados uruguayos de nuestros equipos, el ambiente y fútbol.

“Ahhh vamos a ganar ticos. ¡Sooy celeste…celeste soooy!” gritaban unos. “¡Oeee oeee oeee ticooos ticooos!” respondíamos los otros.

– ¿Apostamos a ver? Una cerveza.

– Bueno tico, te apuesto cinco cervezas, una por cada gol que te vamos a meter.

El joven uruguayo se fue rápido y riendo con sus amigos. Se me bajaron un poco las Skol, apreté el puño, saqué pecho, sonreí entre dientes y lo mandé al carajo…diplomáticamente. La broma (avalo todas) se excedió un poco y me recordó a su infame titular “Costa Pobre”. Esa actitud sobró en ese país, en Italia (su delantero estrella no conocía ningún jugador tico y la prensa auguraba un 5 a 0), en Inglaterra, en periodistas internacionales y en muchos lugares más donde estudian y hablan del deporte rey. Incluso en mi nación. El menosprecio fue evidente. La Cenicienta versus los gigantes que lucharían entre ellos. El problema no fue discutir la mayor probabilidad (claramente era que fuéramos últimos) sino descartar la improbablidad y caer en el desdén de los jugadores de un cuadro.

“No conozco ninguno de sus jugadores”

Desería estar en el seno de los cuerpos técnicos charrúa, azzurri y brit para poder confirmar mi idea de que cada uno de esos no dedicó más de una hora (siendo mucho) a analizar a la Tricolor. Si lo hubieran hecho, los fuertes Godín, Lugano, Cáceres y compañía se hubieran turnado una marca personal a Joel. Si lo hubieran hecho Prandelli hubiera intentado desbaratar la presión tica de la media para evitar que el genio Pirlo tuviera que bajar a su propia área a recoger y acarrear la bola, y se viera arropado por los hábiles, no un torpe Motta. Después lamentaron no pedir más videos de ese pequeño país del centro de América. Ya era tarde. Es el peso, el precio del menosprecio.

Esta lapidaria consecuencia es casi imposible predecirla. Por eso el análisis del estudioso Jorge Luis Pinto, ese que ha irritado a muchos de sus jugadores, tiene tanta valía ahora. Esa investigación de la cual sus colegas carecieron junto con otros valores del colombiano, guió a 23 guerreros que pusieron el resto. La derrota es del técnico y la victoria de los jugadores, se repite en el fútbol. Pero se debe valorar mucho esa antesala, que preparó los juegos que ganaron el talento y coraje que demostraron Yeltsin, Duarte, Bryan y sus compañeros.

SúperMario Balotelli aseguró no conocerlos. En los tres países sonrieron con el rival centroamericano. En Uruguay recordaron su malicia con la que nos ganaron en repechaje. Nadie prefirió analizar la improbabilidad de que ese cuadro tuviera con qué vencerlos. Costa Rica tuvo una eliminatoria irregular, una preparación con dudas, pocos días juntos, fogueos sin demostrar calidad y lesiones sensibles. A esto se le suman críticas viscerales en el país. Ah si y además los obstáculos ajenos al fútbol de sus dueños en las oficinas. La nieve en Estados Unidos, las presas en México, los arbitrajes aquí y allá…

Pero entre todo el capataz J.L.Pinto estudió, leyó e inculcó algo en los suyos. Cuando se haga el documental de este equipo, los protagonistas dirán qué tanto. Y los jugadores también hicieron su tarea a nivel individual. Entre sus difíciles temporadas (8 de los 11 titulares juegan en Europa) afinaron su físico y sobretodo generaron una mentalidad de campeones, una fe del tamaño del Cristo Redentor e imaginaron los 90 minutos con los que iniciarían la aventura mundialista en Brasil.

Imaginaron lo que nadie. Lo que algunos crédulos pensamos en términos menores, pues el más confiado apostaba al segundo lugar. Nadie dibujó ese juego contra Uruguay en sus mentes. Nadie excepto un equipo histórico, que desbarató y aceleró mis mejores sueños de niño futbolista, correteando por el barrio y los “planchés” y la playa y las canchas, hasta llegar y quedar afónico en Fortaleza. El primer sitio tomado por Costa Rica. La conquista continúa.

Uruguay dejó el traje entero en el camerino y se enfrentó a la Cenicienta del grupo con su forma más informal. Lo pagó caro su menosprecio.

Uruguay dejó el traje entero en el camerino y se enfrentó a la Cenicienta del grupo con su vestimenta más informal. Pagó caro su menosprecio. Nunca encontré al tipo que me debe cinco cervezas.

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Dos asaltos en media hora…se acabó mi buena racha

Jueves, enero 30, 2014

El miércoles de esta semana fui asaltado por partida doble, en menos de media hora. En un caso con la violencia violatoria que miles han sufrido y el otro con la pasividad de sólo palabras y una risa detestable. Ambos despertaron ira, frustración y tocaron el bolsillo.

I

(Imagen de CRHoy)

(Imagen de CRHoy)

El sol arremetía contra las latas de zinc del barrio Metrópolis I en Rincón Grande de Pavas y contra el rostro de los curiosos, ilusionados, idiotas, ilusos y bombetas que salieron a la calle a recibir al candidato presidencial del Partido Liberación Nacional. Por mi trabajo, acudí a esa alameda donde Johnny Araya probablemente no entraría en un día libre, pero este miércoles se convirtió en su enésima caza de votos, antes del crucial 2 de febrero próximo.

(Para los que no han ido, del Liceo de Rincón Grande, se baja hacia el norte. Típico barrio con una rotonda, casuchas, casillas, casas y callejuelas. Entre todo, gente buena, despreciables ladrones y drogadictos y búnkers. La pinta lo denota, pero el sol encandila al inocente.)

Al final de esa calle del higuerón, un tugurio, el tugurio Tarzán, en honor al líder de la zona, que enfundado en su camisa “Johnny Araya 2014”, salió a recibir al único alcalde que recuerda. Ahí, las palabras inspiradoras del líder, (que para mi fueron casi profetizantes y repletas de ironía posterior). Ahí, espacios que son casa para muchos. Ahí, niños que no pierden la sonrisa ni descalzos, con hambre y en harapos. Ahí, un camino empedrado con espacios que llaman casas, pero no son viviendas dignas para un humano.

“Yo puedo entrar a Rincón Grande sin guardaespaldas porque la gente me tiene cariño. La gente me ha visto trabajando”, vociferó el palmareño. Mis ojos se toparon con los de una colega. Mismo gesto. Ese que está haciendo usted. Pero los políticos saben dar en la tecla justa, cuando entran a un tugurio. Estrechar la mano de personas desafortunadas, desgraciadas, pobres, de malas decisiones…no lo sé. Tendría que conocerlos a todos. Dichoso don Johnny.

II

Tras las palabras, los saludos, los abrazos, las decenas de fotografías y la obtención de algunos votos seguramente, procedió la salida de los compañeros, pegabanderas y trabajadores del candidato y los comunicadores que estuvimos. Llegaba lo usual: terminar de mandar vídeos, texto y fotografías necesarias para que en mi oficina montaran la nota. Pequé de iluso y me senté en la esquina de la rotonda de Metrópolis I. Justo donde me dejó mi compañero chofer.

Como una ráfaga de huracán, un golpe a la quijada. Mano de boxeador ebrio tenía ese tipo. Gancho con la derecha. Llave al cuello con la izquierda. Y seguidillas de golpes con la derecha. Su pareja de crimen se abalanzó sobre mi brazo izquierdo, dueño hasta ese momento, de un teléfono celular sin un mes de uso, mientras mi derecha intentaba zafarse o no ser ahogado.

En segundos confusos, pudieron ser 100 o 10, no lo sé, gritaron, forcejeé, me negué a lo inevitable, aguanté, arranqué un pedazo de camisa, amenazaron con un balazo (aunque dudo que tuvieran arma) y finalmente cedí. Boca abajo se fue mi lente de contacto derecho y me levanté solo para ver dos pares de piernas en huída. Hacia uno de esos callejones típicos de estas barriadas josefinas.

III

– ¿Está bien muchacho?

– Si…bueno golepado, no sé. Puta. Mi lente se salió.

– ¿Qué le quitaron?

– Celular, nada más.

De la nada, brotó un puñado de vecinos que llegaron a mi tardío auxilio. Un celular, dos llamadas y la patrulla en el sitio. Tras la descripción, la lección.

– Ah no…es que aquí no se puede hacer eso. En dos patadas lo dejan ciego a cualquiera.

– Si…yo sé…yo sé que es feo…solo diay…hubiera entrado a esa pulpe.

Un vecino aportó los apodos de los ladrones a quiénes (perdón Abuelo, perdón Mandela, no sé nada del perdón) deseo la muerte. Aportan poco y nada al mundo, quizás a la economía del crimen. Y a qué calle se metieron. Un veterano policía lo apuntó en un gastado cuadernillo. Una vuelta para conocer mejor el barrio y una señal a la posible guarida.

– Es que nosotros no podemos entrar.

– Si, yo sé. ¿Me saca a la principal?

– Sí, súbase. Ponga la denuncia. Ya con eso. Ese señor es testigo. Ya con eso, ahí sube el expediente. Cuando lo agarremos…tendrá más causa. Póngala.

IV

En una espiral de incredulidad salí a una espera eterna en la calle de Rincón Grande. Quería largarme y volver con un AK-47 y Chuck Norris de amigo a buscarlos. Vaya amenaza para alguien que en su vida ha disparado una pistola o lanzado un puñetazo. Y en eso se acercó mi tercer asaltante del día: un trabajador de un centro educativo en una camiseta verde perico.

– Diay…¿muy feo lo hicieron?

– Si. Pero diay. ¿Me presta el celular para llamar a la oficina?

– Uy manillo, no tengo saldo. Tengo que poner, bueno ahí en la oficina me ponen.

El tipo resultó ser un educador, pero hoy militante, coordinador y organizador del comando verdiblanco en este sector de Pavas. En eso pasó una joven morena, con dos bolsas de carne, chorizo y cerdo. Tras el saludo pertinente con mi compañero de espero, las bromas, llegó la explicación.

– ¡Qué rico se la tira vago!

– Nada de vago. Estoy trabajando. A mi la jefa me dijo ‘vaya a hacer pelota’ ahí. Me pagan el día y aquí estoy. A las dos tengo reunión.

El hombre me clavó el puñal. Ese clientelismo, esa corrupción a escala, esa vagabundería con sello político. Mitines con tintes de estafa. No es nuevo. La gente lo sabe. Los veteranos lo conocen bien. Pero tras un asalto se sintió peor. Sólo arrugué una sonrisa y pedí que llegara el carro.

Larga espera a la par del ejecutor de mi segundo asalto del día. Sin violencia, sin forcejeos, sin llevarse mi billetera. Pero el panorama de una Costa Rica que hace mucho se desangra, por heridas enormes y por huequitos de curita. Detestable hombrecillo corrupto que robó un salario. Igual o más que los piedreros de unos minutos antes, no lo sé.

V

No aguanto el cuello. Esto es una mierda. Jueputas lajas. Puta, mi celular casi nuevo. Tranquilo, pudo haber sido peor y han habido miles a quiénes les ha ido mucho peor. Deje de llorar. Bueno. Dichoso don Johnny, usted no necesita guardaespaldas acá. Yo sí.

El domingo marcaré una X en una hoja, con la esperanza de que (ninguna de las dos epidemias se acabará en un Gobierno) al final de la jornada recupere en algo el optimismo – nunca tenido totalmente – pero hoy perdido mucho más.

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Hacer un hueco

Miércoles, septiembre 19, 2012

Tarde o temprano, es necesario

“¿Vas a hacer el hueco? Está lloviendo, pero no tanto,” recuerda Mama mientras camina al jardín.

Hacer un hueco, uno considerable, significativo, más grande que solo para meter el dedo gordo del pie en la arena, es una tarea complicada; pero esencial e imprescindible en la vida. ¡Hay que hacer un hueco tarde o temprano!

Un hoyo para enterrar, para escavar, para descubrir o para sacar algo enterrado. Para plantar. Para sepultar cuerpos o desechos orgánicos. Ambos abonan el suelo. “Abonando el pálido jardín” cantó el ya enterrado Fidel Gamboa. Unos fertilizan con enorme dolor, otros con la naturalidad de algo que fue preparado en la cocina. Cualquiera sea el estilo, es importante preguntarse por ese abono y como aportará a lo que venga.

De todas formas, algo mío queda en la tierra. Sudor, lágrimas, partículas de piel. Un anticipo de lo que sucederá con mis huesos y órganos.

Salir al jardín y a la lluvia a hacer un hueco es necesario. Es trabajo, ejercicio y dolor. Hace casi un año, paleé una fosa diferente. Hoy la recuerdo. El hueco se transforma, evoluciona. Lo que decidimos es como lo vamos llenando: con rencor, dolor, memorias, sonrisas o podredumbre. Podrá ser terreno fértil con árboles, un espacio vacío o un hueco perenne.

Recuerdo aquella sepultura. Sigo sacando tierra, desesperado por hallar algo que no está. Paro. Jadeo y contemplo la fosa de hoy. Me arden otras que he hecho y continúan en mi pálido jardín. La lluvia cae, humedece todo y lava polvo de mis manos chimadas por la pala. Sigo golpeando el suelo con la pala, sacando tierra.

“Ya, pare, deje de sacar tierra. Nos aguanta por lo menos 3 meses,” exhorta Mama.

La tierra espera a cuando hago el próximo hueco.

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La afición de la impotencia

Miércoles, agosto 29, 2012
El fútbol de Costa Rica adormece

“No les pido 28 pases como el Barcelona”

Veo fútbol nacional, ya ni siquiera por ser fanático del deporte, ni por ver si Cartago se acerca a un título utópico. Llegué a la conclusión de que lo hago por tres razones fundamentales: la primera, un ejercicio profesional mental que intento realizar en cada partido; la segunda, estar al tanto de información que me interesa; y la tercera, masoquismo.

Pero el acto se torna irritante, decepcionante, repetitivo y adormecedor. Los mismos vicios y defectos en cada equipo. La misma apatía aparece en cada juego. Así que estas palabras nacieron, no como un análisis digno de los debates futbolístico de los espacios deportivos de los medios nacionales (pobres la mayoría), sino como un berrinche ante la desesperación que significa ver el deporte rey, sucumbir ante pésimas presentaciones domésticas. Arranqué hace unos minutos, cuando el fanático en mi le quería aventar el pan con mermelada y queso crema a la pantalla, enojado por el insípido y mediocre partido que realizó la Liga Deportiva Alajuelense, en Nicaragua contra el Estelí, por la Liga de Campeones de la CONCACAF. (Y el Saprissa el sábado pasado, y la Sele contra Perú…)

No espeté palabra alguna. En silencio, como en la mayoría de partidos que veo, hice una mueca, me levanté y un berrinche a dos pases. Uno. Como diría un ya célebre fanático argentino: a la Selección Nacional, a Cartago, a los clubes locales, no les pido “28 pases seguidos como el Barcelona”, con 8 o 10, sonreiría. El deporte se llama “fútbol asociado” por algo. Pero para poder pasar bien, hay que saber donde están ubicados mis compañeros, desde antes de que recibo el pase. Y desde antes, saber que voy a hacer con la bola. Parte del problema es que juegan a partir del momento en que tienen la redonda en los pies, no antes, ni después de pasarla, ni durante las posesiones de los demás compañeros, y del rival. Así, cuando llega la pelota, la decisión se complica, y tras 3 o 4 decisiones sobre la marcha, ¡juas! la simplifican con un pelotazo.

Dos. La estática es la rama de la física más dañina en un campo de fútbol. Los jugadores costarricenses se mueven cuando la tienen clara, cuando su compañero los arrastra con la mirada o con un grito, cuando son laterales y es parte de su deber inmediato (y ni así), o cuando deben lanzar la diagonal en busca de la pelota. Pero la mayoría de movimientos son tardíos, lentos y por lo tanto predecibles. Hoy vi a Pablo Gabas, el jugador manudo más importante, proyectar a su delantero hacia la esquina de la cancha con un buen pase. ¿Y qué hizo? Quedarse viendo, quedito y estático, mientras Gatjens, el delantero en cuestión, correteó, se escapó a su marca, y tiró un centro que no pasó a más. La postal se repite en todos los partidos, en la mayoría de jugadores.

Pases y movilidad constante. Dos ¿sencillas? premisas que deberían trabajar los técnicos, sin excusarse en el cuento lavolpiano de “eso es de ligas menores y escuela de fútbol, ya no puedo arreglarlo”. Hoy en Fuera de juego analizaban el bonito juego del Swansea City de Michael Laudrup, con más de 20 pases antes de un gol. Dijo Ricardo Ortiz “¿Tan difícil es esto que todos los equipos no lo puedan hacer?” Si Ricardo, hacerlo en Costa Rica parece imposible. Pero aún así, seguiremos mirando los partidos, impotentes e irritados.

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Despiértese. Levántese. Putéese.

Viernes, julio 13, 2012
Ayer dijiste que mañana

Ayer dijiste que mañana


I am Jack’s wasted life.

Estoy puteado. Estoy irritado. Estoy dormido en un mundo de despiertos. Estoy metido en una red de mediocridad, que no logro romper, una que sacó con mecate al mae mediocre que llevo dentro. El que se duerme sin anotar, en una servilleta o en la pantalla, lo que quería escribir. El que no peleó más en el trabajo. El que no va al gimnasio por ver el mismo episodio de siempre. El que no ha terminado de leer como ser niño por siempre, gracias a un tambor de hojalata. Ese. Ese flacucho, templón, mediocre, miedoso y vagabundo tipejo. Juro que lo voy a exterminar a punta de balazos primero, y lanzallamas después. Nadie sabrá nunca donde enterré el cadáver.

I am Jack’s cold sweat.

Estoy frustrado, con la visión nublada. Sin respuestas para las preguntas incisivas, majaderas y necesarias del mundo, ni para las retóricas e inútiles que hago en monólogos. Sin vigas ni bloques para construir un edificio significativo, que perdure, que cuente una historia hoy y en 100 años. La energía me permite mover la pierna sin cesar, mareando a mi tobillo, como un resorte que brinca y vuelve a 100 km/h. Pero no me hace moverme, tomar un lápiz 2B y diseñar un plan que valga la pena.

I am Jack’s broken heart.

Estoy desolado; desperdicio días de mi vida que no volverán. Lamentándome en una inservible autocompasión que también morirá con ese tipejo. De ella quedará una estela mielosa, amarilla y grotesca. Estoy odiándome por no actuar, ni en una obra personal. Estoy irritado con los demás, explotando contra quien ose entrar a mi penumbra y hacer interrogantes de “¿Cómo estuvo el día?” o “¿Dónde andaba?” como si ellas fueran las culpables…

I am Jack’s raging bile duct.

Como le dije, estoy puteado. Soy violento y colérico. Kill Bill teñido de rojo, con música de alarma, Joe Pesci vuelto loco en un bar, matando a alguien con un lapicero. Soy su impulso demente y perturbado, el temblor después de decapitar y apuñalear, el asesino de adentro, pero sin atrevimiento de nada. Es decir, un sicario destinado al fracaso. Bueno, al menos ya se quién debe ser mi primera víctima. Solo necesito elegir el arma. My weapon of choice.

I am Jack’s smirking revenge.

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Nadie es original

Jueves, marzo 22, 2012

Que difícil es ser original en este mundo. Mejor no intentarlo, mejor fluir con lo que griten las voces de adentro (¿y guindarse de las externas que llamaron la atención?).

Hace unos sábados, mientras caminaba por el Parque Nacional, respirando el Transitarte 2012, un muchacho vaciló, “allá van los chancletudos pachamama”. ¡Los chancletudos pachamama! Menuda etiqueta para agrupar a ciertos individuos. Muchísimos. Los muy cercanos a la naturaleza, los que hacen yoga en un parque, los que se visten con esos buzos y blusas multicolor inspirados en la India, los extranjeros con plata que se vienen al Tercer Mundo a pasear en la jungla o pintar con niños indígenas, los que no se bañan y se van en sandalias a bailar en el concierto en Chepe, los que están danzando ritmos hechos con el sitar y similares, los que creen que con poner en Facebook consignas contra la destrucción de la Amazonas se logra algo. En fin, cobija a muchos.

Ahí me puse a pensar, que difícil es ser original. No porque algún mae me vacile, sino por el peso de una etiqueta. Y seamos honestos, todos podemos tener una, y todos hemos puesto una a alguien. (Yo en lo personal, uso mucho la de “occidental”, todos los de Escazú, Santa Ana, etc. o con algo de plata no ganada y ciertos lujos. Como si yo no fuera algo “pipi” y en mi vida hubiera tenido que mantener una familia o un hogar. Pero bueno, esa en particular me parece que abarca un cierto tipo de personas.) El otro día un colega y ratoncillo en línea se quejaba de que ahora no se puede hacer nada sin que lo cataloguen de hipster (él, seguro lo es por sus anteojos de pasta gruesa, no se). Y si usted no es hipster, es emo, punketo, rockero, pipi, fresa, rapero, pandereta, androgino, hippie, retro, kitsch, extremo, rata o rasta (si, una cultura o religión también son etiquetas), y ahí pongan las que quieran.

Mucho tiene que ver la subcultura con la cual nos identificamos, matizamos o nos parecemos, sin siquiera darnos cuenta. Solo los ñoños nos ponemos a pensar en eso. (¿Seré original al menos en mi manera de ser un ñoño?) El resto ya dejó de leer esto hace como 3 párrafos. También como hablamos, los chuicas que nos ponemos, los accesorios que nos encaramamos, los bares donde salimos, los tragos que nos tomamos, y como hacemos nuestro trabajo.

El arte: la medida de lo original

Si el arte es la expresión del alma, es una forma de expresar o intentar expresar originalidad. En fenómenos como el Festival Internacional de las Artes, hay muchos ejemplos de obras novedosas. Una definición del DRAE aclara que algo original “ha servido como modelo para hacer otro u otros iguales a él”. Hmmm, es decir, influye en el resto de artistas. Los Beatles, Dalí, Homero Simpson, los Z-Boys han de ser muy originales. La discusión artística se la dejo a otros estudiosos.

Cambio de mentalidad. Mejor intentarlo. Tener la originalidad como meta es utópico, motivante y un buen norte para esforzar el cerebro. Aunque lograrla está al alcance de muy pocos. Pero demasiados individuos presumen de que lo son (puede que si sean únicos, no por eso con una muestra de calidad), y lo peor, creen que su obra supera todos sus antecedentes.

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Merceditas y un lunes más

Lunes, mayo 2, 2011

Cuando éramos pequeños, en su casa en Desamparados, Guido me cantaba “había una vez un barquito chiquito…había una vez un barquito chiquito…había una vez un barquito chiquitoooo, que no podía, que no podía navegar…”. A veces lo sueño. A ratos lo veo. Algún día lo cantaré yo también.

Era un señor pochotón, con pocas canas en su cabellera, unos gruesos lentes y dos arrugas en las mejillas como surcos en el campo de la vida. El arado había sido el trabajo y seguro el dolor. El dolor de golpes de la vida, de rencores y pleitos, y la enorme angustia de no tener el ansiado hijo.

Pero esa niña llegó. Como un vendaval de optimismo. Un tornado que borra de golpe y a punta de besos, los años pasados. Ella jugaba con nosotros. Yo la correteaba. Pili se reía. Laura pensaba. Andy no hablaba. Merceditas sonreía, henchida de amor, inflada de felicidad, llena de eso que solo los niños aportan. Esa belleza que perdemos con cada cumpleaños.

Un día la niña se fue. No se supieron detalles. No se supo el porqué. Ahora Merceditas sabrá quizás. El resto nos preguntamos, diseñamos hipótesis mentirosas o escribimos una realidad/ficción que algunos demandarán por falaz. Léalo como un cuento si quiere.

La niña se fue y dejó corazones vaciados, almas destruidas y una vida que levantar. Él con esfuerzo, cuidando de Ella, manteniendo la sanidad (solo su Dios sabe como). Ella con píldoras, con la espalda hecha un lamento y con Él como bastón vital.

Hace dos días Merceditas se fue. Guido la veía en la caja de madera. La veía como para no olvidarla, aunque jamás pasará. Tomó un puño de tierra y lo lanzó. Se ofreció palear para enterrar la caja. Un joven terminó la labor. Él la veía. Pestañeando. Lagrimeando un poco. Sus lentes gruesos, su pelo ahora lleno de canas y una espesa barba. Me costó reconocer aquel pochotón que me cantaba. Pero ahí estaban esos surcos de vida, ahora un poco más profundos.

Merceditas descansa. Mejor así. El resto seguimos con hipótesis. La niña que creció tiene la respuesta. Guido debe portar más dolor de lo que yo jamás tendré. Pero sigue abrazando con amor. Ayer me abrazó más fuerte de lo que había hecho un hombre en mucho tiempo.

Ayer Guido me volvió a ver. “Dios te bendiga Manuelito.”

Silencio en su hombro. Guido: “había una vez un barquito chiquito…” Cante conmigo. Y nos vemos en esa sala. Ahí llegará Merceditas. Ahí llegará la niña. Ahí estaremos todos.