Archive for the ‘Vida’ Category

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Ecos en el mar

Jueves, enero 17, 2019
Miró para atrás y nadó.

Somos cómplices los dos. Al menos sé que huyo porque amo”, canta y miente y enseguida acusa la verdad, sentado en la corta y ventosa playa Lagunillas en Paracas, Ica, Perú.

La arena lo molesta con su continuo baile con el viento que no descansa. El agua es fría y refrescante, pero aún su tímida piel extranjera no se lanza al hielo de la corriente de Humboldt. (Alexander von Humboldt, triste, no pudo verla posicionarse más como “Corriente Peruana”.)

Él la acusó a ella de prófuga, cuando fue él quien corrió. O no corrió. Solo caminó lentamente y sin avisar, dobló a la izquierda perezosamente, para pasar por un largo túnel y salir a la derecha y más abajo, signifique eso lo que sea.

Al final nadie escapa. Solo trepamos y bajamos y saltamos momentáneamente del control ajeno o nulo control ajeno que tememos como un fantasma que no vemos, para pretender que tenemos el control propio, el control de algo. Al final un planeta nos domina, mientras jugamos a escondidas con nuestro pasado y nuestro futuro, sin pisar fuertemente la playa del presente.

“¿Y ahora, para dónde nado?”, se preguntó.

El frío ya no le duele. Y eso es una gota de felicidad. Felicidad. Peculiar sustantivo que le cuesta arrojar a una página que escribe en una nube de la costa. Aunque sea en frágiles y efímeras tintas y páginas de cielo. Pero se despierta más. Parece ver en el infinito océano, un guiño a un cenit feliz, o a un ocaso feliz. Aunque sea a un consciente feliz.

Somnoliento, un día reciente dejó de huir. El frío ahora lo siente, como agujas conscientes en su médula; debajo de su lengua; en los ganglios de su abdomen. Como se siente el abrasador sol en su espalda o el sudor entre sus nalgas o el antiguo recuerdo de la mentira y el cadáver aún en movimiento de la deslealtad.

Siente. Y eso es victoria ante la anestesia local que tan hábilmente forjó y aún guarda en su mochila.

Siga pues.

Probablemente ya no reconozca a la prófuga que acusó y sigue lamentando. Pero el revuelo de sus alas, de las de ella, de otros cuerpos ajenos, llega a las olas. Sus ecos se esparcen sobre el mar. Sea en uno cálido, frío, hirviente o helado.

Vuelos rápidos. Vuelos fugaces. Vuelos calmos, flotantes sobre el mar.
Hombre solo en el mar.
No cesa el nado. Pero la brazada vendrá. O el ahogo.
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Tierra prometida

Martes, enero 15, 2019
Giancarlo, rostro expresivo y con sufrir; sonriente al viento; piernas resistentes; mirada fruncida. (Huacachina, Ica / Enero, 2019)

¿Me da un sol señor?“, me dijo Geancarlo con una voz quedita y tierna. Flaco, de huesos largos, piel morena inca, con marcas que le golpeó el sol sin bloqueador, y cicatrices de la vida que lo sacudieron sin preguntar y sin defensas más que las de sus pies y capacidad de trepar colinas de arena, que lo vieron nacer.

Rondaba entre la Laguna de Huacachina y Tierra Prometida, el extenso caserío que se levantó a la espalda de un concurrido sitio turístico de Ica, en el centro sur del Perú.

Caminaba junto a Daniel, regordete y cachetón. Ambos no pasarán los 10 años. Geancarlo sonriendo al viento; describiendo los movimientos de los turistas en buggies o tablas de sandsurfing, con asombro a pesar de que los ven todas las semanas. Describió con emoción el “tubular” que hizo horas antes algún ágil foráneo sobre la arena; o uno de esos vehículos que parece nacido del seno del desierto.

De un lado la turística laguna.

La arena endureció sus cueros y callos infantiles, como quizás sus casas de latas y cartón y sequía endurecerán sus espíritus. Pero hoy no. Hoy sonrieron mientras escalaron una vez más y pidieron un dinero para llevar al hogar maltrecho o a la pulpería por un helado. No sé.

“Ahí en esas casas”, respondió a la pregunta de dónde viven. Tierra Prometida. Parece un cruel chiste onomástico. La utopía del errante pueblo de Israel, prometida por un dios a Abraham en otro continente y por políticos en todo el planeta, sirvió para bautizar una comunidad de miles de almas en un país donde la pobreza arrasa a más del 20% de los habitantes.

Tras la colecta, caminaron de vuelta a la Tierra Prometida.

Sonrió agradecido, mientras mis dedos colocaron 1,75 soles en sus pequeñas manos. “Me alcanzará para pagar el mototaxi de regreso”, me justifiqué sin razón. No exigió nada el pequeño. Esa idiotez de querer sentir algo en la presunta caridad sin efecto. Aún para alguien como yo, que rara vez – nunca – da monedas en la calle y la vida.

“Gracias señor”, dijo Giancarlo antes de dividir la colecta de hoy en el desierto con Daniel. Y se encaminaron a bajar la pendiente del castillo de arena hasta su maltrecho barrio. Cuadrantes tristes en el lomo incómodo, en la espalda olvidada, de una ciudad que aruña al turismo sorbos de agua. Y en el desierto para más.

En medio de la joroba arrugada y desdichada y desahuciada por las naciones. Ahí dónde tiende a asentarse y anidarse la miseria.

La Tierra Prometida en Ica, Perú.

Ocaso de desierto

El caserío Tierra Prometida es extenso.

Tierra Prometida. Sonreí y exhalé pesadamente, ante la grosera mueca del registro civil del Estado peruano y los bautizos políticos, mientras cayó el sol en un cielo nubladísimo y perezoso de Ica.

Saboreé la arena en mis labios secos y lagrimeé para limpiar mis ojos, que miraban las decenas de viviendas frágiles.

Una bolsa plástica danzaba en el constante viento. Una más y otra. Frente a los rumiantes turistas, extranjeros en su mayoría, que contemplaban ambos paisajes. Hermosos. Dolientes. Somnolientos.

Algunos carros apuraron la tarde y entraron a la Tierra Prometida, que se comenzó a guardar en la noche del desierto peruano.

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Despojar el sudor

Martes, septiembre 25, 2018

alfDespertar. Apagar la alarma del celular en modo avión. Apretar los ojos, sentir las lagañas rasposas y gimotear en silencio por el sueño perdido. (Creer que estaba ella. Saber que no.) Fruncir el ceño. Tocar con las yemas de los dedos la cortina dura. Sentir el roce de los muslos en el buzo tibio. Pasar los brazos por las cobijas amorosas. Lamentar despertar. Pero desear la erección de todo el cuerpo.

Colocarse boca arriba. Respirar profundamente. Inhalar. Exhalar. Escuchar los perros en sus ladridos puros a la distancia y los carros cuyos dueños/prisioneros comienzan a acelerar en sus rumbos al trabajo, a la panadería, al gimnasio, a la rutina necesaria o dolorosa. (O ambas.) Voltearse de lado. Erguir la columna. Sentarse en la orilla de la cama. Sentir el suelo de madera frío en la punta de los pies. Estirar el cuello. Despertar.

Convencerse nuevamente que es lo querido. Entender la sensación que mueve. Levantarse. Lavarse la cara. Enjuagarse la boca. Mirar el espejo. Quererse. Besarse. (Susurrarse un “buenos días” muy quedito.) Zafarse del delicioso y manipulador abrazo del buzo. Soltar la camisa. Doblar todo en su lugar de siempre. Disfrutar la desnudez unos momentos. Sentir la piel morena, tersa y descansada de los brazos, la espalda, el cuello. Notar mi sexo dormido. Despertar.

Dar unos pasos. Quitar las sábanas rápidamente. (El día precoz ya dio pasos y quiere caminar.) La tierra gime muy abajo, a lo lejos. Vestirse con el atuendo necesario. Cubrirse doblemente, ante el recuerdo de la lluvia de la noche anterior. Salir del cuarto. Estirar de nuevo. “¿Qué dice papi? ¿Qué dice gallo?” Saludar al Rojo. Echar las sábanas a lavar. Ponerse casco, mover la bicicleta al primer piso. Hoy ganaremos el Tour.

yo

Salir a la acera. Mirar el cielo, que brilla y cruje al mismo tiempo. (Hoy lloverá.) Subirse y empezar. No hay carros. Pedalear. Fluir con el viento a favor. Moverse en el mejor vehículo. Observar el asfalto debajo de las llantas. De reojo los carros, cruzar lentamente con semáforo en rojo. Bajar la cuesta. Subir la cuesta. Meter la bicicleta. “Buenos días. Hola, ¿cómo estás? Bien.” No mirar a los ojos. Bajar la frecuencia cardíaca. Entrar.

Quitarse los tenis. Quitarse las medias. Sentir la cerámica fría. Despertar. Dejar el bultillo en el compartimento. Bajar las gradas. Estirar el mat nuevo. Agradecer a la hermana. “(Acento suramericano) Hola chicos, buenos días. Buenos días.” Tomar un bloc. Ponerse la férula. “Respiración profunda, espalda erguida, hombros atrás, coronilla al cielo, ojos cerrados…Mirar el jardín por última vez, antes de un cierre momentáneo. Querer ser pasto y árbol y tierra y rocío. Despojarse. Cerrar los ojos. Inhalar. Exhalar. Escuchar la voz serena, segura y hermosa de la mujer que me guía y enseña. Intentar. Sudar como llovizna. Troncos en el río. Comenzar – de nuevo – a crecer.

Bajar las piernas. Poner el bloc en la espalda baja (el sacro). Amar el estiramiento y la incomodidad en mi espalda. Soltar. Volver. Quitar el bloc. Reposar el cuerpo. Voltear las palmas al cielo. Inhalar. Exhalar profundamente. Escuchar ladridos inquietos. Bajar la frecuencia cardíaca. Sonreír con lágrima infante. Llorar con sonrisa leve. Relajar. Savasana.

Abrir los ojos. Estirar las piernas. Exhalar por la boca el agotamiento. Bromear con la intensidad de la clase. “Chao.” Desear un abrazo. (Despedirse del jardín.) Subir las gradas. Escribir mi nombre. Caminar la fría cerámica. Poner tenis y medias. “Chao.” Trepar la bicicleta y la cuesta. Sudar. Entrar. Recordar el plan.

Comida

cosasSacar todo de la refrigeradora y limpiar. Manejar el esencial carro. Poner Blink-182. (Qué hambre.) Consumir productos y alimentos en el súper verde y grande y levemente desordenado. Volver. Comer manzana. Comer jamón. Comer frijoles, puestos en olla de cocimiento desde la noche anterior. Fumar vapor. Despertar la tripa.

Acomodar las compras. Picar olores. Activar la cocina. Preparar gallo pinto. Hervir agua. Poner Cultura. Parar Cultura. Poner la entrevista sobre la reforma fiscal. Desesperarse ante la inevitabilidad política y económica. Mirar a Tata Mundo y su obsesión con no más impuestos y apear todos los gastos posibles. Mirar a Mama y su malestar. Recordarlos a ambos y volver al túnel pretérito oscuro solo un momento. Regresar. Chorrear café. Cortar queso. Apagar los frijoles rojos ya listos. (Mmm, un poco salado.) Ponerle sábanas a la cama.

Poner The War on Drugs. “I resist what I cannot change / And I wanna find what can’t be found.” Alimentarse. Sentir el placer de mi estómago lleno. Agradecer. Terminar el último bocado de pinto, huevo y queso. Saltar como un resorte a escribir un corrido largo en la computadora. Fumar. (Recordar el plan.) Escribir un mensaje en el teléfono.

(PAUSAR Y LAVAR PLATOS Y ORDENAR TODO)

Mediodía

desechosVolver al teclado. Saber que se perdió el tren. Poner Facto Delafé y Las Flores Azules. “Suerte que tú ríes y no te enfadas.” Inhalar. Exhalar ruidosamente. Cerrar los ojos. Abrir los ojos. Lagrimear la última sonrisa. (Maldita sea con el plástico.) Pensar que se fue medio día en un corrido. El día precoz sintió lo sabroso de correr y ya no le importa nada. Mirar a la señora trigueña que limpia los apartamentos vecinos.

Desnudarse. Pasar los dedos por el abdomen y el pubis. Desear dormir y ducharse al mismo tiempo. (El día precoz me robó una siesta.) Desear ser agua en el mar. Beber agua de la botella. Sentir los pulmones y el estómago y el pecho y los muslos llenos. Vibrar con la energía. Despejar el cansancio. Despertar.

 

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Mujer en hamaca

Sábado, agosto 11, 2018

 

Hamaca-atardecer

Péndulo sin impulso ajeno.

Me acerqué volando.
¡Que digo volando!
Cayendo, planeando con algún descontrol,
como se avecina un drone
que sabe caerá
por la falta de batería.
Pero silencioso, ninja, intentando
que no me vieras.

Te mecías en una hamaca multicolor
tabla azul, rosada y roja
cuerdas cafés, negras y amarillas.
Sonrisa quieta, placer quedito
sentías el viento antigueño
en tu rostro sereno
en tu cabello fiestero
en tus senos rebeldes.

Detrás
los árboles miraban celosos
tu juego de vaivén,
ese que jugamos alguna vez
sin surcar una herida abierta.

Cortabas las ráfagas
con tus piernas sabias de huidas,
en una forma que ninguna rama sueña.
La raíz que amarra
no entiende de hamacas.

Pelaste los dientes
y convocaste a las nubes,
que hallaste eran:
un cocodrilo con uno de esos finos cigarros largos,
un oso polar con sombrero de copa y pluma encima,
un cerdo de Pink Floyd pateando una bola.

Respondió el cielo de atardecer
a tu llamado de bruja,
pero las nubes – siempre libertinas –
se disiparon entre risas escandalosas.

Lamiste tus labios
y bajaste en tu péndulo
solo para volver a subir
veloz, fugaz, implacable
olvidabas la física del miedo
con deseos de saltar al ocaso.

Continué mi descenso
y caí de bruces sin poner las manos
sobre el pasto de la colina
a tus pies.

Me volqué boca arriba
apenas para sentir el golpe de aire
al pasar tus piernas largas y pies pequeños
cerca de mi rostro
como hachas de dulce justicia.

Abroché mis manos
detrás de mi cabeza
mientras continuabas tu danza mecedora
sin impulso ajeno.
Ahora jugabas a comer el aire frío
de la montaña secreta.

Desde mi húmeda fosa de zacate
contemplé tu cuerpo desnudo
y cómo se convertía en un punto en el cielo
para enseguida precipitarse al bosque
y de nuevo aparecer
en el campo minado de nubes.

Robé tu fragancia
cerré mis ojos
y me zambullí en tu estela
para intentar oscilar
mi propio salto.

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Olas y ecos

Domingo, mayo 27, 2018

 

Sombras-callejon

Caminar ayuda. No quiero dirección. Solo seguir una fragancia.

Deseo encontrarme rápido. Para buscarte pronto.

Quizás debería desear otros fuegos inagotables, pero soy un naufragio de alma en un mar confuso. Olas de orgullo y ego y temor y nostalgia y amor y desprecio y egoísmo y paz y guerra. Contradicciones andantes que voy escuchando, lamentando mis lentos pasos.

Los monólogos se silencian, mientras fantaseo con tu sombra. Toda negra y muda, me señala la ventana. Al asomarme ella misma baja escaleras metálicas ocre, hasta hundirse en una alcantarilla con brillo naranja. Cuando bajo, de nuevo ella está al final de la calle, caminando lentamente. Sus dedos largos danzando con el viento, tocando tonadas imaginarias en los hilos que las ráfagas trazan.

Se vuelve y es opaca. Emite un sonido de exhalación, de aire entre las ramas. Y se desintegra cuando apenas avanzo hacia su murmullo.

But if you knew an eclipse was coming. Why’d you even ask?

Deambulo por la avenida donde me perdí y te sacrifiqué sin valor. El farol ilumina con luz roja tenue, mientras la luna se cubre con un velo. Me siento en el caño a beber el rocío que comienza a formarse.

En la muerte de la noche y el primer trino de la mañana, tu sombra rió. El eco golpeó mis huesos fríos y me sacudió del trance.

Espero encontrarla, a tu sombra, y reflejarme en ella. Tan solo para escuchar, aunque sea, un hilo de tu voz.

If you ever wanna get lost…then follow me.

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Boca arriba

Domingo, abril 8, 2018

Rays

Apareciste
– de nuevo –
infiltrada entre las fragancias de zacate de limón
y lavanda,
que manos fuertes y gentiles rociaron en el salón.

Te colaste
entre el cielo raso pálido
y mi alma grisácea,
donde anidaste hace un tiempo
antes de que te ahuyentara con ramas,
mientras mi respiración se ralentizaba
y mi diafragma se apaciguaba.

Saliste
de la maleza de mi cabello
ayudada por cuerdas de centeno,
para posarte
(diminuta y poderosa
extraviada y sonriente)
en mi frente,
ignorante de que tu caza de tesoros
ha sido la mía también.

Bajaste
aventurera
por mi frente sin surcos
y brincaste temeraria
a mis párpados
sin movimientos.

Te encapsulaste
en una gota de sudor
que suplantó lágrimas
y se deslizó quieta pero sin pausa
por mis mejillas acaloradas.

Corriste
torpe con el pulso acelerado,
y atravesaste mi pecho
atenta por si un súbito atropello
interrumpía en esa carretera sin vellos.

Te internaste
en mi pubis
cansado como todo el cuerpo y dormido,
escalaste mi sexo
flácido y apaciguado
por las tonadas pacíficas
que resonaban en la sala.

Y te extrañaste,
no entendiste la colina desfallecida
la energía disipándose
como las partículas de espuma
que estallan y desaparecen cuando la ola
se entierra en la arena de la playa.

Recorriste
mis piernas largas
probaste de nuevo mi tibia con tus manos suaves
lanzando tu voz y tu risa vibrante
que golpearon mis huesos
y regresaron como un eco de amor ahogado.

Te lanzaste
desde mis pies y sin paracaídas
mientras mi mente regresó de su corto viaje
y te buscó unos momentos
silentes, sosegados, mudos
y finalmente dolientes
porque apenas capté,
una lejana estela de tu cabello despeinado.

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De ahí sos vos

Miércoles, agosto 23, 2017

San-Buenaventura-Colorado

Estanque, mar, manglar y bosque en San Buenaventura.

Donde Guanacaste se convierte en manglar. Donde su seno y el fuego de sus entrañas me saluda, sudoroso y cansado, pero dispuesto a invitarme a un café y a unas tanelas. De ahí sos vos.

Donde el manglar se convierte en barro, donde están las chuchecas y las pianguas, en un festival de vida entre la humedad. Debajo de la línea del agua y entre las rodillas y los tobillos de mujeres y hombres trabajadores del mar. Ahí te miro y te reconozco, joven e ignorante de lo que viene, pero con la sabiduría y el poder de las mareas y los cultivos.

Donde el manglar – pulmón del planeta – es hogar para los jugueteos y carrerones de los cangrejos. Esa barrera protectora, que vos viviste y ellos siguen protegiendo, ante los golpes del humano moderno.

Cuando el sol se acerca al cenit y golpea las ramas de los árboles de mangle, hierve el agua del Golfo y avisa que los extranjeros deben irse; y las recolectoras alistan sus baldes y repasan la faena iniciada desde tempranito en la mañana, cuando iluminó la tierra y se retrajo el mar. En ese momento me miraste vos.

Ahí dónde el hogar llama y el fogón espera para preparar la cena de los güilas. En esa exhalación del trabajo, mientras quienes viven del mar ignoran los piquetes de bocones y purrujas; ahí te limpiás el sudor con un pañuelo rojo y te acomodás el pelo tiznado, al tiempo que perdés la mirada unos momentos en el choque de las nubes y el agua.

El barro se profundiza en fango y las olas regresan activas y otros insectos se arrastran o sobrevuelan ese poderoso universo. De regreso van las mujeres, de regreso va un sustento. Donde revive y lucha tu tierra con cada marea.

De ahí sos vos.

Golfo-Nicoya-desde-San-Buenaventura