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Dos más

Lunes, julio 31, 2017

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Sus miradas se toparon brevemente y los ojos de ambos se alumbraron con una tenue luz externa. Ninguno sabía quién la encendió, el voltaje con el que contaba y si era la iluminación del farol en la calle frente a la taberna que se colaba por la ventana o de la combinación de fluorescente pálido proveniente del techo y fuego sigiloso y rebelde que dispara una vela, aunque sea pequeña.

Sonrieron y fácilmente encadenaron – primero uno con una frase, luego otro con una exclamación – una retahíla de bromas que se completaron, historias que se unieron o risas que se encadenaron. La mayoría del pasado. Un pasado en cuyo lago nadaron juntos; en cuya playa zigzaguearon en compañía; en cuya cancha marcaron ciertas reglas con consulta bilateral.

Se apagaron seis u ocho minutos de bromas, para dar paso a un silencio sobre la llama, destruido por la música. Esa noche la elección fue algunos temas largos de acid rock que Luis – el pálido cantinero que siempre le ordenaba a los demás qué debía escuchar y que no logró salir del país con su extinta banda -, encontró y seleccionó, interrumpidos con ráfagas de Patti Smith, Iggy Pop y demás joyas pasadas con algunos gritos de modernidad que superaran su arrogante filtro.

Durante muchos años, él y ella tomaron juntos en este bar de luces perezosas que parecían estar por estar sin mayor deseo de brillar o guiar algún movimiento de los presentes. Tomaron solos tras el respectivo brete, tomaron en compañía con sus amigos, tomaron en mesas de gentes diferentes con encuentros uno a uno dentro de la multitud en distintos momentos de la noche. Tomaron a una distancia cómplice y preseleccionada cuando quemaban el mundo con sus respectivos amantes, tomaron todos enmielados con sus respectivos novios, tomaron en encarnizadas y apasionantes discusiones para entender el mundo, o tomaron sin escupir palabra, ante el dolor y latigazos sufridos fuera de esas paredes.

Y siempre parecieron encontrarse en los caminos de las miradas, los puentes de las palabras, las destrucciones de los gritos y las construcciones de las decisiones. Se encontraban, como lo venían haciendo desde hace más de 30 años, el presunto tiempo que acumulaban siendo amigos y hasta familiares. 30 años de mirarse y reconocerse.

Uno alto, blanquísimo y terco, flaco pero con sus rayas, ojos celestes tirando a gris uno de los cuales nunca quiso sonreír a causa de la ptosis palpebral, de barba arrepentida e incompleta, ligero con pesos desde todas las direcciones, y peligrosamente inseguro del rompecabezas que armó y al que llamaba vida. La otra ligera de pies y rapidísima de mente, exrubia de niña ahora castaña cual miel revuelta con algunos rayos de sol, siempre bronceada por no ponerse más bloqueador, de un cuello inusualmente largo y orejas élficas, ojos cafés y desafiante con sus palabras.

Sabían cuando el otro había sido infiel o se había cogido a esa persona que deseaba desde hace tiempo. Entendían cómo era el otro y se entendía un poco más a lo interno cada uno cuando coincidían. Conocían y despreciaban al hijueputa que violó el alma del otro en alguna ocasión. Y se puteaban con una altanería que olvidaban en el trago de la próxima semana. Pintaron con spray algunos silencios, que ambos atinaban. Y en alguna ocasión afinaron esos vacíos, para encontrarse más perdidos después de que antes de abrir la ventana.

Siempre se reconocieron, aunque uno estuviera al final de la calle de la cuesta y el otro ebrio abajo en la acera sin recordar bien cómo llegó ahí. Pero esa noche, mientras el grosero rasgado de guitarra y la trepidante batería se adueñaban del humo, en un lenta y microscópica fracción del tiempo, se miraron – con sus grises y azules y cafés y todos sus mares de ojos opalinos y temblorosos – y no se descubrieron.

Las sombras de ambos permanecieron quietas y en silencio, como figuras de pie en un risco sobre un mar y debajo de un cielo negros y helados mirándose con ojos rellenos de blanco y un viento que les sacudió el cabello y les congeló la espalda. Los dientes mascaron saliva, punzaron la lengua y se escondieron detrás de una sonrisa ignorante. Por unos segundos se toparon a media cuesta, se vaciaron y ninguno parecía descifrar el código de los trapos que el otro exponía. Las banderas que no ondeaban detrás de cada uno lucían difusas y roídas. Para él y para ella, para cada uno, fue como mirar al espejo y solo ver una foto de celular manchada donde ambos estaban mirando un espejo…el brutal efecto Droste los desconcertó.

Un grito de Joe Strummer los sacudió a ambos y devolvió al chinchorro. Las voces y los gritos de los demás compas en la mesa, el más joven y enamoradizo novio de él, la aburrida prima de ella, el frío y callado excompañero del cole de alguien y la enérgica amiga de todos, volvieron a ser la sintonía reinantes sobre la mesa. Se continuaron mirando unos segundos más, antes de que él se moviera y buscara la barra y ella bebiera un sorbo largo con los ojos clavados en las uñas de su prima.

“Mierda…no puse a descongelar la carne”, pensó ella. “Nancy dame seis birras y seis shots de guaro porfa”, dijo él. En su rincón cada uno suspiró, tomó, meció su cabeza y recitó en silencio el estribillo que todo el bar vociferaba excitado.

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