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La Cazadora de los sueños

Lunes, marzo 21, 2011

Los bombillos del techo de la Cazadora tiritaban como estrellas perezosas, agredidas por la Luna, y gastadas por un Sistema Solar húmedo y con olor a chicharrón de concha, de los que venden en una bolsa pequeña. El pasillo era una pasarela de cansancio, recorrida por cuerpos dormitando, guindando de los pasamanos grasientos y resbaladizos.

Ellos eran los más pequeños del bus. Ninguno llegaba a la cintura de un adulto. Pero aún así llevaban un bulto que pesaba las tres cuartas partes de sus 19 o 23 kilogramos de hambre y sueño. Estaban sentados detrás del chofer, perpendiculares al resto de asientos, en los puestos “privilegiados” (que en el bus público promedio significa 10 centímetros más de espacio, un color diferente y el símbolo para recordarle a los desvergonzados no sentarse ahí. Al pendejo común, el bendito símbolo le sigue ahuyentando a caminar hacia atrás.) Por estar perpendiculares, podían colocar sus inacabables maletas, al frente de sus cortas piernas raspadas y que a la señal de esfuerzo, cometerían piernicidio grupal.

Andrei era el moreno de la izquierda. Anteojos negros y gruesos como murallas. Jeans roídos por el día. Camisa blanca de escuela. Abrigo morado en su cuerpo de 9 o 10 años. Tenis negras y beige, con cordones multicolores. Uno rosado, otro celeste, aquel fucsia, y este blanco. Se entrelazaban en una escalera de caracol brillante y esperanzadora. Era el único color en la Cazadora gris, de lata amarilla. Deslizaba sus regordetes dedos por el gastado teclado de su viejo celular, buscando una canción. Las conocía todas, pero no cantaba ninguna. El audífono ya no vivía en su oído, y Andrei solo combatía débilmente el sueño que lo raptaba, mientras sostenía el bulto con su otra mano.

A su lado, Heiner ni recordaba que aún no llegaba a casa, a pesar de que había salido de clases hace 5 horas. Su boca abierta no dejaba escapar ninguna baba. Su cabeza se recostaba en la parte de atrás del asiento del chofer. Soñaba con la mejenga de ese día, con anotar un gol y dedicárselo a la chiquita rubia de colochos perfectos, con la ‘niña’ Vanessa de pestañas kilométricas, con un balde de manzanas de agua sin fin. Dormía y soñaba, en una Cazadora que hacía todo lo posible por despertarlo del sueño.

Atrás quedaban la Contraloría, la Sabana y el nuevo Estadio Nacional. Atrás quedaban los postes de luz, semáforos, el Paseo Colón y todos los piedreros, indigentes y borrachos que dejaron de usar la Cazadora. Para que lo harían. No tenían donde ir, no tenían que soñar.

Andrei despertó a Heiner, alertándole del inminente final de la ruta. Lo hizo solo para caer rendido. Sus párpados estuvieron a punto de unirse muchas veces. Aguantó como un vaquero, un vaquero de buses durante muchos minutos. Pero le metieron el gol en el tiempo de reposición. Heiner se sacudió ante el hueco y el halonazo de su hermano. Abrió los ojos, quiénes no vieron más que manchas oscuras, los bombillos-estrellas del techo de la Cazadora y unos cordones multicolor cortar el pasillo en diez.

“Ya vamos a llegar. ¡Despiértense!” arrojó una joven madre (¿o hermana?), desde otro asiento, al frente de los de Andrei y Heiner, al mismo tiempo que soltaba su largo dedo para picarlos.

Se encaramaron sus maletas y bajaron con la modorra de un largo sueño. Aunque fueron solo unos minutos, montados en el gris bus de lata amarilla.

En la acera frente al Banco Popular, el viento chillaba majadero, como si hubiera perdido a un hijo. No tenía fuerza para congelar, pero si el rencor para enfriarle los huesos a ambos niños. Andrei levantó sus negras gafas gruesas como murallas, hacia la joven mujer.

“Mañana si vamos a tener para el taxi y los macarrones ¿verdad? Y nos vamos a venir temprano, tipo 3 ¿verdad?”

“Si, yo creo que si…tal vez,” dijo ella, mientras contaba 180, 185, 190, 195 colones. “Vamos, que se nos va el de las nueve y quince.” Una nueva Cazadora esperaba. Y otra oportunidad de soñar.

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One comment

  1. You are truly right on this one



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