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La pistola desintegradora

Jueves, noviembre 11, 2010

Palomina

A eso de las 4 de la madrugada, Elías salió con su pistola desintegradora. Un aire frío de hierro oxidado se clavó en su garganta cubierta por vellos que querían salir, hacia una barba imposible (más algunos pelos encarnados). Recordó la bufanda gris que le había regalado algún travesti que despreció en su momento, (Josefina se llamaba creo). Se devolvió al maltrecho sofá de su casa y se la encadenó al cuello.

La esquina de Calle 3 y Avenida 14 donde Elías levantó su guarida, olía a su fiesta aromática usual. Vómito en el caño, meados en los muros, la fibra quemada de algún carro robado, un poco de mota de pésima calidad y esa penetrante combinación de humedad, lluvia, carne de cañón asada y la basura que no recogió el camión. En medio de la neblina de miseria y el rocío de lluvia ácida, Elías cortó el camino a través del callejón donde las ratas eran más grandes que la cena de los mendigos. Llevaba solo su pistola desintegradora, la susodicha bufanda, un gorro de lana con huecos, un abrigo grueso y gris regalado en una tienda de ropa americana, un pantalón cargo y botas de 10 años con cordones que se cansaron de amarrar. Las dos llaves (para sendos candados) escondidas en el bolsillo del abrigo.

Se encaminó hacia la Plaza de la Cultura y se topó con dos ratas salidas de una pesadilla infantil o del sueño de una anaconda… Gatillo y ¡zas! La pistola funcionaba bien. Desaparecieron los roedores sin dejar un solo bigote, ni siquiera el final de su asquerosa cola. A los 100 metros, las primeras palomas sintieron el poder del rayo invisibilizante. Maldito el minuto en que decidieron madrugar en búsqueda de comida antes que los zaguates, hubieran pensado, (si las palomas pensaran); mientras la energía de la nada las consumía. “Hoy está un poco trabada,” pensó Elías. Se llevó 10 y dejó escapar 2 que volaron lentamente. “Es esta humedad de mierda que todo lo jode. Como a mis pulmones,” le escupió a su sombra.

Llegó a la esquina de la pulpería quemada, y otra desdichada ave se encaminó al infierno negro, como llamaba él, al particular saco donde las enviaba cada día. “Es un favor al país. Se suben en los niños, se le pegan a cualquiera, piden de todo, se comen el maíz, pegan rabia y cólera, se comen cualquier cosa, y tras de eso, son horribles. Es una ayuda. Solo eso. Una ayuda. ¿Quién en este mundo va a extrañar a unas palomas?”, reía mientras su corazón latía más rápido, y sudaba un poco bajo el gorro.

Era noviembre. El frío de las 4 a.m. se le subía por las piernas, mientras lagrimeaba el sueño. A 3 cuadras de la Avenida Segunda, divisó 5 palomas sobre unos cartones. Sacó de nuevo el arma, y apretó el gatillo sin mucho cuidado, mientras miraba con el rabo del ojo. Una astuta se salvó, dejando plumas púrpuras detrás. Elías abrió los ojos para mirar el rayo que seguía emitiendo de la pistola, justo cuando la mano de un indigente rogaba piedad a un enemigo desconocido. No era otro colega que le robaba sus zapatos, ni un guila drogadicto golpeándolo en una fiebre de crack. Era un engendro desintegrador que le ardía en sus intestinos etílicos, en sus ojos rojos, en su espina dorsal, que tenía años de no probar un colchón.

Elías vio el brazo desvanecer en el aire con una mezcla de excitación y angustia. Guardó la pistola en su funda, y se arrodilló a revolcar los cartones. Solo encontró una manta roída, algunas bolsas con olor a pescado frito, y los cartones que fueron las sábanas y colcha de su primer desaparecido humano. Siguió rebuscando, presa de una especie de pánico desconocido.

Se levantó y miró alrededor. Nadie a esa hora caminaba por esa acera…excepto él. Un enclenque indigente alzó la mirada y no encontró a su compañero de habitación. Miró con sospecha a Elías. El hombre dueño de la pistola desintegradora le devolvió la mirada con terror, como si un jurado militar lo fuera a condenar. Sacó la pistola por reflejo, apuntó al nuevo mendigo y disparó el rayo. El viejo, de barba blanca y la piel comida por la alergia, ni supo que pasaba. Ardieron sus entrañas, se emblanquecieron sus ojos, y se desintegró en la madrugada capitalina.

La desaparición congeló a Elías, quién no se dio cuenta que el rayo continuaba emitiéndose de su pistola. Cuando por fin volvió de su excitación callejera, y captó a soltar su dedo del gatillo eran las 4:13 a.m. Lamió sus labios secos, guardó el arma en su funda, y parpadeó de nuevo, mientras ocultaba una tímida erección. Elías retomó su paso calmado y se encaminó de nuevo a la Plaza de la Cultura, con un calor recién descubierto, para enfrentar las nuevas madrugadas de palomas e indigentes.

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2 comentarios

  1. Yo lo ví,me pareció extraño y familiar al mismo tiempo. Quise pretender que era diferente a lo que mi razón decía, quise encontrar un puente y cambiar la historia por un segundo, no demasiado. Me dio miedo y decidí desintegrarme antes de que notara mi presencia…


  2. El miedo se desintegrará para que regrese al puente, para que su presencia vuelva, para que viva la historia.



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