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Dar cuenta

Domingo, febrero 10, 2019

Poder decir adiós…es crecer.

(Le tomo a Gustavo no para despedir. Bueno quizás es una especie de despedida.)

Con el zacate hasta la cintura, caminar y sentir las raíces.

Darse cuenta…es una mierda. Pero también es crecer. Darse cuenta (con mayor nitidez) del beso y abrazo que forcé; de las páginas de humanos que obvié leer o solo mojé y arranqué con poca empatía; del refugio que ofrecían y pedían mis familiares y amigos y el cual ignoré; de las veces que dejé que una relación arrancara o cambiara de estado químico, sin estar a bordo del vagón;

( – Nah, solo apretaron
– ¿Cómo?
– Di si, apretaron en una fiesta.
– Ah, ¿entonces vos y yo qué somos?
Hablar por inercia juvenil, sin la transparencia ni el valor de la consciencia del presente y la honestidad de conocerse);

del amar con intensidad y apretar dientes y seguir, sin entender que el amor no es locura solitaria, sino claridad acompañada; o peor aún, de las máscaras y el esmog que arrojé al amor orgánico, joven y fuerte, ágil y bello, juguetón y sincero, loco y sensato, que me cubría y sanaba.

Darse cuenta de cómo es la superficie de esas máscaras y los detalles con que se construyeron, es tan vital como respirar, si es que no quiero jadear al final de cada día.

Pasar las manos por ese rostro – mi rostro sombreado con disfraces – y pellizcar el cachete rugoso. Aruñar la frente con pared de pizarra que da escalofríos. Rasgar la barbilla seca; palpar la lengua húmeda de tanto diseñar mentiras u omitir información. Asir la nariz resbaladiza que aspiró profundo la felicidad, pero jaló los mocos enfermizos. Coger los globos oculares con dedos como cucharas, para rodearlos y extraerlos y sumergir en el llanto pesado; y observar en los huecos de la cara que quedaron, un bosque con cataratas moradas y ríos negros y sauces azules gigantes frondosos, habitados por monos excéntricos corriendo y robando frutos, y búhos queditos analizando esa jungla, que también oscila con un jaguar melánico devorando la cabeza de un jabalí, y dos oropéndolas muertas una apoyada de la otra, y una laguna púrpura con un caimán flotando, mientras por debajo del agua marmotas enardecidas lo destazan con navajas de bambú.

La máscara clava astillas y deja las manos heridas, con tímidos hilos de sangre color vino que bajan lentos y se secan.
(“There’s dry blood on your wrist
Your dry blood on my fingertip
“)

Respirar va deshaciendo la máscara.

Pero hay que frotarse las manos sangrantes y sucias y empolvadas y con ellas rodear la cara propia. La capa homogénea de sustancias en mis palmas me humecta.

En una noche ventosa, viendo el cielo oscurísimo sin estrellas públicas, darse cuenta, intentando cazar un número de días al inicio y luego arrojando la calculadora, comprendiendo el hecho de que poco importa lo cuantitativo del pretérito, sino lo cualitativo.

Noté que hubo unos pequeños, frágiles y tiernos gemelos todo ese tiempo, de pie a un lado, en mis momentos, levantando la mano tímidamente para hablar. Y nunca atendí sus gimoteos silenciosos.

Él y ella saben. Sintieron el látigo de la ausencia, el tremor del temor detrás de la puerta, el abofeteo de la indiferencia, y la vacía caída de la oscuridad sin transparencia. Saben y ahora, más crecidos pero siempre niños, me gritan primero para hablarme después y enseguida rumiar la nueva pradera que penetra en mí.

Arde darse cuenta. También corta el charral incendiado del pasado.

Las plantas de mis pies están cubiertas de negro hollín. Desnudo, con la espalda sudorosa y el pecho ahumado, hundo mis piernas en un nuevo valle. Numerosas montañas y cañones y cuerpos de agua y desiertos lo rodean con la alegría de un planeta incipiente. Trinando las aves alborotadas, tronando las amenazas de lluvia y quemando el suelo por el sol, respiro hondo, camino y miro todo lo que mis ojos logran sentir. Dándome cuenta.

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Paso por la Casa Conciente de Faust Roll

Jueves, febrero 7, 2019
Federico y Julia en la azotea.

Cuéntele a su Manuel del pasado que estuvo trabajando en una comuna hippie para que se ría.” MBB – 29/1/19

Aquí las bicis, por más golpeadas que estén, viven.

Casa Conciente apareció sin mucho esfuerzo (como dentro de ella, fluido, al soplo, “al tiro”) al tocar timbres en CouchSurfing. Voluntariado y la patafísica me guiñaron. El primero nunca había hecho y lo deseaba. El segundo nunca lo había escuchado y sonaba a un invento gracioso. Un barrio a nueve kilómetros del centro de Arequipa, Perú, 20 minutos en carro, 30-40 minutos en bus, deliciosa hora en bicicleta. Apareció.

(“Como quisiera lanzarte al olvido.
Como quisiera guardarte en un cajón
.”

Canta Diego. Voz ronca, ojos inverosímiles. Canta en la cocina, con una mesa y una banca de madera, un tembloroso estante de bambú, platos que mejor no se guardan, una vieja refrigeradora y una cocina de gas, que vetusta no deja de calentar el alimento sagrado.)

Diego tirando línea.

Los mensajes de Pablo me abrieron las puertas y al caer la noche, llegué a una vivienda que sufre la humedad de la época lluviosa de Arequipa, pero renace cada mañana y tarde en la fotosíntesis de un algarrobo.

Dudoso y perdido me asenté en un cuarto con camarotes y colchones gastados, lleno de pisadas de barro; sin saber qué hacer, como un conejo viendo la pantalla celular.

Estamos haciendo un domo. ¿Qué habilidades tienes? ¿Tienes experiencia con herramientas?“, consultó Pablo, con un hablar bajito que tuve que escuchar dos veces para entender. Todavía me resonaba el camón viejo y las criaturas que se relajaban en la cocina, con mate, guitarra y silencios desarmados por risas.

Mi respuesta no sirve en un contexto de reciclaje, reutilización, artística improvisación; en un aura de taller indomable; y entre manos y mentes llenas de capacidad para elaborar, construir, sembrar, cultivar, germinar, y realizar(se). De visualizar y concretar con tremenda fluidez. Lo que para mí es una escalera empinada, para esta gente es un tobogán infantil. Dedos sucios montan y desmontan; prueban y acomodan; cortan y amarran; para levantar una espiral de vida en un pueblo confuso, de río contaminado, cultivos constantes y turismo cercano, “aquicito”.

No parecía calzar en un vaivén de pasos calmados y niños sin prisión adultocéntrica y manos deliciosamente libres. Pero un llamado me sacudió de mi eterno y majadero ensimismamiento. “¿Cómo te llamás?”, inquirió el argentino Mariano. “Manuel”, respondí secamente, bloqueando la sonrisa que planeé y no salió. Ahí mismo leyó mi soledad buscada y mi agrura trabajada. Ahí mismo me sacó del cañón, para treparme a un árbol fresco.

Alex y Julia se unían para tirar melodías.

Canciones desafinadas. Diego rasgando. Hannah rumiando. Julia haciendo melodía. Y dos argentinos siendo brisa en la cocina. El tico…separado, se unió a las notas con voz grave de nostalgia. Casa Conciente invita a estar, ahí, aquí justo hoy. No ayer ni mañana. Pide y ofrece una mano. Con ropas de desconocido se viste un calor familiar.

Es el calor del cordón umbilical y la placenta; el de la tierra en las uñas; el de las heridas y ampollas; el del beso de un sueño perdido que no recordamos; el del rocío que dejamos de lamer de las hojas por distraernos con botellas plásticas de industrias tóxicas.

Manos bien guardadas dentro de mi abrigo, caminé a la azotea. “¡Puta frío!”, reclamó mi pubis dormido. Los que perduramos durante la noche nos sentamos a mirar el vacío y fumar la vida. Hierba condenada por ciertas leyes humanas es conexión inicial para todos nosotros, bueno, para mí con las nuevas criaturas. Para disparar energía brillante y lucidez que algunos cuestionan.

En el vaho de la noche brotaron historias que nos unen, aunque se trazaran en espacios y mundos y tiempos distintos, y preguntas que nos acercan. Solos y acompañados, aquí y allá, en San José y en Perú, en Bolivia y en Argentina. Quieta sesión que (me) desinhibe y relaja, para agujerear máscaras impuestas, máscaras dolorosas, máscaras innecesarias. Casa Conciente. Humo y gotas y trabajo presente y palabras significativas.

El piso muta. Julia, Hannah y otros voluntarios han dejado su toque con cerámica.

En su gota me mojé seis días y cinco noches. Con palabras en crecimiento, amplios silencios y puntuales conversaciones reabrí la puerta que el viejo temor acecha con llaves herrumbradas. Un soplo de luz la derribó sin fuerza, como un abrazo en el que nos dormimos y el pasto donde nos deja caer y se despide.

Caminar por el río

“Vamos a caminar.”

(Don) Ricardo nos invitó a caminar río arriba a la siguiente mañana de domingo. Caminata sin plan y con brújula del arequipeño, sin destino pero con meta. Contra el agua café marchamos y a un árbol brujo llegamos. Federico peló los ojos como dos frutos y sonrío, mientras Mariano lo acompañó a leer las ramas y asir las hojas. El árbol nos confió: “aquí tienen que estar” y las raíces debajo del zacate nos acomodaron el corazón.

Río arriba.
Descanso.

Metros después reposamos bajo la sombra de un amigo. Mango compartido. Ricardo en siesta. Rapé en mis fosas nasales; lágrimas en mis ojos. La duda en Hannah. La calma en Julia. El momento se enmarcó entre el río y el verde. Memento mori. Ahí fallecimos con los troncos y renacimos con el sol. La fotosíntesis de Arequipa.

Dolorosa cascada de desechos, lanzados desde las casas más arriba de las laderas.

Seguimos caminando para sanar la herida de las cascadas de basura y plástico que topamos, y al rato encontramos preciosas terrazas y acequia de vida, que riega la zona. Subimos sin majar el cultivo y confirmamos el renacimiento. Sabiduría indígena nos mostró lo que vale en este herido planeta.

Sin pisar los cultivos.
Terrazas.
Pampa vigila vacas.
Terrazas de vida.

De ahí a Yumina, pueblo pequeño con pulperías y plaza y bus y una hermosa tía con su chicha. Le robé una sonrisa, que aún así lanzaba tristeza. “Gracias madrecita”, dijo Federico. Gracias seño, que su chicha y sus ojos temblorosos son agua y oxígeno para el viajero.

Madrecita.
Nos dio chicha.

Caminata y aguacero hasta la Casa. Empapados y fríos llegamos. Corazón renovado. Agua del cielo para continuar.

Cena conjunta

La comida une. Más en el cumpleaños.

Compré en el mercado diversos aportes recomendados por Pablo. Alex ecuatoriano lideró la cocina. Unidos y extraños familiares comimos. Bendita comida en esta casa renovó mi tanque.

Trabajo con la tierra

El domo de Casa Conciente.
“Casa Conciente Pataphysic House by Faust roll”

Luego de perderme, llegué en bici al terreno donde sacamos caña, que luego pelamos y servirá para cubrir el domo. Dar algo de sombra, no tapar del todo, guió Pablo. Junto a Mariano y Federico, subidos en las barras de la estructura, dan forma a un espacio que podría convertir energía en la comunidad.

Resembrar el zacate.

Pedir permiso a la Pachamama y sacar el zacate de un lote frente a la Casa Faust Roll con Mariano. Descansar y conversar y notar que éramos las mismas almas (al menos de momento) con cordones y nudos distintos. Ahí debíamos estar. Ahí debíamos hablar. Gracias. A usted. A vos bonito. Besar su barba me conectó y arrojó agua a dudas que no son más que piedras pequeñas pegadas.)

(La cleteada por Arequipa la dejaré para otro texto quizás. Video mejor.)

Chao

“Me voy en bus de noche Pablo.” “Ya.” Recomendaciones finales y esos ojos de milenios para de nuevo saludarme y despedirme.

Casa Conciente me dijo ‘hasta luego’ con calidez, pero frío de los días que fueron. Vaya maravilla: poder helar y dar calor en mismo beso.

Coherencia en el presente, lo que digo es lo que soy y es lo que hago. O así debe ser. Continúo, más ligero y sintiendo el abrazo seco de la leña de la tierra que mantiene el fuego vivo, sin hacer ningún ruido.

Gracias.
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Criaturas conscientes de la lluvia que moja los pies

Miércoles, febrero 6, 2019

pinta pinta pinta con el movimiento
de tus plumas sale una vibración
que me abraza eternamente
que me enseña eternamente

Pablo planea un domo para poder impartir talleres culturales, bailar, imaginar la patafísica, reflexionar una comunidad mejor.

Pablo, semblante serio al conocer y bromista después, ordena con tono grácil y leve, las acciones debajo de un domo hecho de sol antiguo y de estrellas a años luz secas en nuestro plano, cubierto de palmas y sudor; domo que alumbrará caminos polvorientos con baile y conexión y calor y consciencia y patafísica. Pasos calmados siempre en chancletas dan sus pies, y contiene en sus ojos, la fuerza y la información de mil cultivos de cien frutos de hace siglos.

Hablar pausado, casi susurro.
Lucía, alemana, mirada amable, manos fuertes.

Lucía, ojos azules vivaces, mirada de altibajos y sonrisa deslumbrante cuando la expande toda, lidera en pocas oraciones la mañana y la tarde y la noche y el firmamento; mientras persigue con pasos breves al pequeño macho colocho de verbo incesante. Con español germánico construye caminos que quiere recorrer con liviana armadura.

A contraluz brota.
Aprende con el oído.

Diego, más pupilas negrísimas e iris cafés que blanco en sus ojos, y risas de niño en su jardín de bolas y maromas y cigarros y tragos largos y caminar rápido; bromea y duele de su cintura (lamento desde los 14 años), al tiempo que desdibuja en malabarismos su flaquísimo esqueleto, que en unos minutos buscará algunas monedas en un semáforo. Relatos fantásticos e inacabables entre interjecciones argentinas pinta en el humo, con un pincel quebrado y brochas húmedas por los charcos en las avenidas de la vida.

Tanto que ríe y no lo tomé.
Arquitectura mágica.

Mariano, cabello largo ondulante en el viento, pies sucios amarrados a la tierra con ramas de chayote, pela los dientes como para arrojar luz; carga dos océanos verdes en su rostro, a los cuales nadie les avisó que son ojos, colocados por dioses de la selva y del desierto. Rayos turquesas y polvo rosáceo lanza al campo y a los transeúntes, queriendo curar un astro que tose, antes de derramarse por los poros del planeta y renacer en un géiser.

Vestido con las hojas.
Mariano y Federico.
Miró luego de soltar sus largos brazos de la tierra.

Federico, sembradíos dispares de cabello rebelde en su cabeza-bosque y candado roto de barba, que jamás encerraría sus cuentos planetarios, se disloca en cada movimiento de piernas y brazos y dedos y pies y tronco y cráneo; ofreciéndose a la tierra y al mar y a los árboles para ser raíces y olas y ramas. Agudamente y con cierta locura ríe, al recordar que interrumpió su propio cuento, cuando pasó una mariposa que la Pampa quiso derribar.

Trazando caña.
La Pampa.

Pampa, cuerpo compacto blanco, cabeza café, hocico incesante, ladra a vacas que no se inmutan; exige cariño y comida de la misma forma. Sabiduría y entrega brotan de sus ojos de cachorra, que ya no recuerdan los tiempos de olvido mojada su piel en el caño, antes de que se trepara en la bicicleta de Federico y se aventurara a un nuevo camino extenso.

Salto.
Cumpleaños.

Milo, juego sin freno más que el sueño y bucles de flores rubias en su techo, no entiende de reglas ni camisas de fuerza ni tacto ni balance ante el espacio ajeno; ese que con solo su risa, los niños son expertos en desarmar. “¿Estoy aprendiendo a leer y escribir verdad papá?” espeta con orgullo su boca, para acudir velozmente a otra rayuela.

Entre bicis crece.
Su sonrisa rompe mientras cuida al Rui. (Imagen de Pablo)

Don Hernán, piel morena pesada no por arrugas si no por pasos en la montaña alta, mirada grave y como daga, – casi al instante de un saludo ajeno – sonríe plenamente; desvelando el más cálido abrazo sin contacto. La epidermis fue traída desde el desierto de un suelo que no se cultivó con el calor de la piel humana, sino con el viento que quema de la noche. Sobre una bicicleta multicolor cubierta de habas, ligero de ropas, anclado de equipaje pesado del dolor no descrito parte hacia su llanura, hacia su volcán, hacia la ventana inmediatamente después del presente; allí donde las chicharras susurran sin desesperación y el helado suspiro del nevado apaga su hiel amargo, para solo acompañar a un caminante sin más respuestas.

Don Hernán y parte del grupo tras la cleteada.
Don Hernán y el Rui.

El Rui, creador de un dialecto propio compartido con niños y pájaros y hormigas, mocos presentes entre su nariz y labio superior, brincotea en charcos y practica el disco olímpico con lo que encuentre; para en cualquier momento estallar en gritos y bramidos y llanto, si por un segundo el viento no sopla en su rostro. Un tesoro de polvo y humedad y juguetes sucios jala en su mochila imaginaria.

Milo tira, Rui mira a otro lado.
Catalana quieta al inicio.

Julia (/yu/ y con acento en la ú), seria seria al inicio, labios sellados por poco al comienzo, risueña y cálida después, lamiendo la piel del aire en el ocaso; 23 años y desde que salió del útero de Cataluña supo que trenzaría collares y pulseras con las ramas de los árboles y saltaría en la tela del bosque. Caminado pausado y beso de volcán enmarcan su cuerpo que danza con la neblina.

Luego…sonríe.
Algo la hizo dudar.

Hannah, sonrisa abierta y apresurada, saludo en la mejilla pronto a cada persona pasajera, acarrea un lago rojizo pesado en sus ojos trémulos; y sin mayor esfuerzo re-ama lo re-bello que se posa al frente y la sobrecoge. De alguna sombra escapa, por callejuelas solas y calles populosas, para luego mirarla de reojo al topar que – silenciosa y gris penumbra – se adelantó hasta un callejón de piedras y se trepó en un balcón cubierto de margaritas luchadoras.

Hanna se energiza con el sol y la compañía fresca.
Sus manos buscan la música.

Alex, cabello despeinado ante la calvicie incipiente (pronto dominante) y ojos celestes alegres y sospechosos, rasga la guitarra y desgarra eses cuesta abajo sobre una bicicleta; lleno de oxígeno del “Nuevo Mundo”, pleno ante la decisión de romper con su “viejo” Berlín. Sobre una melodía viaja, casi ajeno y sin percatarse del llanto de la lluvia arequipeña, copado de felicidad naciente al abrir y devorar una granadilla que descubrió.

Alemán suelto en el Sur.

(Me falta escuchar las palabras en voz baja de Ecuador.)

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Planear por el cañón para ascender/descender la vida

Sábado, febrero 2, 2019
Los parajes y las postales en el camino roban el urgente oxígeno, mientras relajan al cerebro y al espíritu. Las colinas del cañón en primer plano y al fondo los nevados del Ampato o el Sabancaya.

Ay Arequipa…

(Como esto no es un blog de turismo ni pretendo dibujar un panorama informativo para turistas, solo anotaré esta ubicación: el Cañón del colca está en el noreste de Arequipa, entre gigantes volcanes; es uno de los más profundos del mundo, con 4.160 metros de profundidad; el Valle del Colca pertenece a la provincia de Caylloma. El símbolo de su fauna es el cóndor andino, que no está todo el año pero pudimos ver. Me fui en tour, aunque se puede ir solo (sin agencia) y probablemente será aún más delicioso. Eso sí, busquen un guía, vale la pena su liderazgo y sabiduría.

Se sale del centro de Arequipa a las 4:00 a.m. y tras poco más de cuatro horas en bus turístico, se llega a Chivay donde se desayuna. Luego se pasa por el Mirador Cruz del Cóndor, donde durante unos minutos se ve el Cañón y los dioses alados de los Andes nos muestran su planeo sin esfuerzo. Es un rincón de Perú lleno de belleza, cultura y datos que la naturaleza nos descarga en el cerebro. Fin de descripción. Acá pueden ver más detalles informativos. Mi relato inicia luego de varias horas de caminata.)

Desde Arequipa, se tarda poco más de cuatro horas hasta la zona del Colca.
El Cañón del Colca aguarda, con brío en sus profundidades.

La máquina responde

“Huir de todo lo que sea humano;”, el vuelo supremo del cóndor golpeó en pocos segundos mi mirada de niño.

El cansancio trepa desde la uña del dedo gordo, por mi talón de Aquiles, me rasca el gemelo derecho; jala los pelos de mi muslo y salta al coxis. Escala las vértebras para luego saludarme con un estridente alarido, mientras abre sus ojos rojos sobre mi hombro izquierdo.

Mi sien derecha y mis párpados acuden a la convocatoria de gemidos. El poderoso dios Inti se ríe y sigue lanzando sus dagas amarillas desde el cenit, que atraviesan la piel de los caminantes. Desde que salimos del pueblo de Cabanaconde, caminamos – a ritmo constante con algunas paradas de fotos en descenso más cómodo – seis kilómetros hasta al puente; punto de reunión ante el paso distinto de cada uno. Formamos el grupo “Pichanes”, nombre popular de la papaya andina.

Me dormí en la banca, mientras esperábamos al resto de pichanes. Delicioso sueño de apenas unos segundos, para sacudirlo violentamente con el grito “¡VAMOS CHICOS!” de Juancito. Juan, nuestro guía. Joven de poco más de 20 años, que trepa y baja este cañón tres o cuatro veces en una semana, desde hace más de un año. Ya nos había advertido: “si el grupo es activo, tiene buena actitud, yo igual. Si bajan la energía, yo me bajo, disfrutamos menos”.

El bueno de Juan. Joven peruano, guía, música siempre al son de sus palabras, sonrisa cálida e inquietud adolescente que aún es parte de su ascenso en la vida rural que maneja.

Un kilómetro más de subida al almuerzo. En el camino, sonrío mis dientes grandes con la más llana felicidad de un niño, al ver el sencillo puesto de frutas de tía en el camino. Tuna, mandarina y granadilla. Devoro la tuna, que nunca había probado. Y desgajo con rapidez la mandarina. La granadilla será combustible más adelante.

Comida modesta pero salvadora en San Juan de la Chuccho. Sopa. Carne de alpaca. Y la llenura que recarga el tanque. El zacate es un breve oasis para mi cuerpo cansado en tierra de rocas y tierra. Ver el cielo fundido. Yo fundido. Él en una capa homogénea de nubes. Yo en piezas heterogéneas de placer, libertad, cansancio y polvo.

Subimos otros 100 metros de altitud en poco más de dos kilómetros de camino hasta Cosñirhua. Casi perdemos a Naru, la joven risueña japonesa, en el camino. Juan saca todos sus dotes de guía, conocedor y buen tacto para extraerla del trance. Se detiene, el grupo sigue, la toma de la mano. “Pero no me tomes de la mano. No te voy a llevar de la mano. Jálame. Saca fuerza. Jálame”, le indica a la oriental que lleva más de un año en Perú, estudiando por intercambio.

Borrosa, como la vista de Naru con el cansancio. Los recorridos entre maleza y árboles son algunos de los más bellos.

Seguimos la subida hasta una nueva parada, el Quilla Lodge. Nombre elegante para un puesto como abastecedor, una pulpería en la montaña. Y un techo amigo pues el aguacero se vino. Chocolate caliente, Gatorade y un sonriente niño que ayuda a su mama a atender a los turistas cansados. Todo es más caro en el camino. Irrita, pero se entiende al ver los locales y las familias.

Una parada más llena de cultura del Cañón, en el modesto pero lindo museo que maneja la tía Benilda. “La idea también es culturizarnos y dejar algo a la gente del Cañón”, dice Juan. Podría dormir aquí, en su humilde casa, llena de información ancestral. Cazar; cocinar con los cultivos propios; alimentos sagrados que no tienen la contaminación del químico. Podría enterrarme en este polvo y renacer como maíz en las manos de Benilda.

Doña Benilda maneja un sencillo museo en uno de los pueblos del Cañón del Colca. Enseña sobre lo que cazan, lo que bailan, lo que comen y cómo lo preparan. La información en el cerebro y las manos de esta mujer viene de la Madre Tierra. Sabiduría milenaria.

Seguimos caminando, atravesando calles de comunidades en Tapay. Nos topamos con una vista hermosa: un campo de tunas maduras. Tunas con el “tío más guapo del Colca”, como lo presenta Juan: don Pancho. Su cultivo invita y de nuevo salgo corriendo como cuando niño apeaba mangos o jocotes en Guanacaste. Juancito nos enseña cómo se saca la tuna del cactus. Con hojas se limpian las espinas pequeñas que se clavan como incómodos recuerdos en las yemas de los dedos y se quedan ahí todo el día. Una vez removidas, se puede pelar la cáscara y disfrutar la dulzura. Glotón y hambriento, como cuatro.

Don Pancho sonríe y nos despide en su quechua natal.
La tuna deliciosa en nuestro camino.

Sentir el oasis

Ya palpando el oasis y con el ocaso alcanzándonos, otro tío aparece como un paraje en el camino. Don Gerenildo (confieso que su nombre era algo así pero naufragó en mi mala memoria, desbordada de tantos nombres peruanos). Sentado apaciblemente come pacay (Ina feuilleei) que en Costa Rica les decimos guavas.

Me sonríe amablemente. Me acerco, disparo la cámara y me siento dos minutos. Calidez y fruta. Me sabe a reposo mágico.

Me invitó a guava. Hombre calmo, lleno de paz.

Llegamos al sitio donde dormiremos. Paraíso las Palmeras es el lodge en este oasis ubicado en el fondo del Colca. Nombre elegante para un humilde santurio con un espacio para comer, sencillas cabinas con camas y paredes delgadas, sin electricidad ni Internet y baños en la oscuridad. Es el pináculo perfecto para un día de desconexión.

Ahí esta el oasis. (Imagen de Carlos el portugués.)
Descanso breve y justo. (Imagen de Carlos el portugués.)
Sencillos cuartos. Con poco vivimos mucho. (Imagen de Carlos el portugués.)

Día 2: subida y éxtasis

La luna salió para iniciar con nosotros la subida desde el oasis, de vuelta para salir del cañón del Colca.

Nos reunimos a las 4:30 a.m., la hora en que debíamos estar listos. Pero con tres bajas en el grupo. Dos pichanes decidieron regresar en mula y una más obligada por lesión en el tobillo. Pero además perdemos al buen Juancito, no sé si por el cansancio acumulado o por una noche extenuado con pisco. No importa.

Comenzamos a escalar solos. El viaje sigue sorprendiéndome y maravillándome. En el trayecto vamos fusionándonos con otros grupos de viajeros.

La luna nos acompaña en la salida. Dos días antes fue el eclipse. La cola lunar sigue espectacular. Saldrá el ocaso y la combinación de luces durante el ascenso de mil metros sobre el nivel del mar es el inicio perfecto para el segundo día de trekking.

Precioso inicio de día.

Estamos cerca de llegar. Escucho a las personas riendo en la “cima”. Pero esta pared de ascenso parece que no se acaba. La altura ya golpea mi recién reencontrada condición física. Me siento fuerte, me siento bien, pero no se acaba…

Mirada desde la meta.
Cansancio, frío, hambre. Vida.

I – Mis zapatos son piedras.
II – Mis zapatos se convierten en rocas.
III – Mis zapatos mutan en tierra y arena y piedritas.
IV – Mis zapatos arden en la nieve del Sabancaya que sin clemencia los cazó ante mi parálisis mientras intento estabilizar el trémulo corazón.
V – Mis zapatos respiran como si vivieran el camino.
VI – Mis zapatos me hacen brincar a una roca grande en la meta, en Cabanaconde, y celebramos juntos.
VII –
Mis pies se rebelan y revelan lo que somos al unirnos con el agua y la tierra.

Caminar 20 minutos saliendo del cañón. El desayuno huele aunque nuestro olfato no lo sepa. Tengo hambre. Saltaría del risco si me prometen agua y gallopinto al fondo.

La “pérdida” de Shirley y Luis, quienes subieron en mula, golpeados. Y encima se pierden en la última comunidad dónde estamos. El paso lento de Naurimo y Carlos. El caído Juan, que esta vez no guió. Los pichanes se despluman pero no se desarman. Volvemos a sonreír con el desayuno.

Luego vendrá una parada estratégica en un sitio con piscinas de aguas termales en Chibay. Calor que sana músculos, aunque no es vital pagar y entrar, en el río es suficiente pero helado.

Mirador Tupurpay en El Choma; un paradero turístico para tomar colcasour; una planicie llena de alpacas en la Reserva Nacional Salinas y Aguada Blanca. Las últimas paradas de un bus lleno de turistas cansados.

De las últimas paradas.
Danza de piedras.

La otra fruta del cactus, el sancayo, remplaza al limón para convertirse en colcasour. Trago en el último segmento de un tour fuerte pero benevolente.

Colcasour.

El Cañón del Colca ahora vive en mí. Sus paredes y montañas y concavidades se descargaron en mi mente. Mi cuerpo respondió, agradecido y cansado, a la ruta diseñada por los dioses cóndores.

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¿”Dignificar memorias”?

Sábado, enero 19, 2019
El LUM es un museo, más que un museo, único en América Latina. Se ubica en Miraflores.

(Hoy visité y conocí el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) en la ciudad de Miraflores, Lima, de Perú. Muestra en 14 espacios colocados en tres niveles, horror, masacres, enfrentamientos, cifras y más del proceso de violencia (guerra) en Perú entre 1980 y 2000. En este link pueden entender el objetivo y contenido detallado de este lugar, quizás único para la atribulada y violenta historia de América Latina.)

¿Cómo diablos un país avanza luego de algo así? “Un pueblo sin piernas pero que camina.” Justamente el último espacio del Lugar, bautizado Ofrenda, presenta el Registro Único de Víctimas y cuestiona la reflexión “¿cómo seguir adelante después del horror?”.

Los adjetivos de esta guerra peruana ya los han puesto un sinnúmero de plumas y voces, incluido el laureado Mario Vargas Llosa.

Las cifras parciales (aún hay fosas comunes sin desenterrar, víctimas sin identificar, pesadillas sin relatar…) ya están recopiladas en un Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) y decenas de análisis.

Perú aún no aclara todos los números de los efectos de su guerra civil.

Pero ¿cómo se vive y supura la cicatriz? ¿Saben todos ahí abajo y en la playa y en las avenidas y en la provincia y en las escuelas y debajo de la tierra qué se siente la memoria? Niños de ciertas edades no entenderán. Los jóvenes leerán y aprenderán datos. Los adultos no afectados se informarán. Pero ¿se saborea el líquido medular de la fractura? ¿Se percibe el hedor del cadáver de guerra?

La memoria es un cruento laberinto en el cual se pueden recolocar/derrumbar paredes y ordenar caminos, pero ¿cómo es (re)vivir ahí? ¿Habrá legión (no ejército) de psicólogos para trabajar los procesos de tantas víctimas? ¿Habrá fila de sociólogos para sentarse a conversar con una nación de más de 32 millones de habitantes?

¿A qué sabe la sangre con tierra y metal que emana del recuerdo? ¿El dolor de miles de espíritus se puede replicar con algún objetivo? ¿Inventarán algún dispositivo para darlo como pastilla con efectos temporales en cada poblador de este hermoso país? ¿Aún servirá llorar, individual y colectivamente, en cuartos y parques y en playas y en la cima de la Sierra?

La violencia sexual, mayoritariamente contra las mujeres, es uno de los elementos más espeluznantes de la violencia y el terrorismo de más de 20 años del Perú.

El sol calienta la azotea de este edificio donde se levantó el LUM y da tibieza a mi rostro. La brisa del mar enfría las sensaciones, que se apilan como ondas lejanas de un pasado que no es mío, pero si es de mi alma humana.

Darle un inmueble al recuerdo y a los testimonios de más de dos décadas de violencia y terrorismo es un paso enorme. Un abrazo colectivo a un adolescente que todavía sangra. ¿Cómo configurarlo en el ácido desoxirribonucleico y la identidad de un país?

Misión tremenda. ¿Podrían lanzarse una genetista de la cultura y la sociedad, un cálido y sabio sociólogo, unas sensibles traductoras sociales quechuas y aimaras? Que se aventuren sin temor en el parapente de la memoria y la historia.

Tras subir una terraza escalonada, se concluye en el mirador del LUM. La bella Miraflores camina al pie del sitio que recuenta el horror.
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Ecos en el mar

Jueves, enero 17, 2019
Miró para atrás y nadó.

Somos cómplices los dos. Al menos sé que huyo porque amo”, canta y miente y enseguida acusa la verdad, sentado en la corta y ventosa playa Lagunillas en Paracas, Ica, Perú.

La arena lo molesta con su continuo baile con el viento que no descansa. El agua es fría y refrescante, pero aún su tímida piel extranjera no se lanza al hielo de la corriente de Humboldt. (Alexander von Humboldt, triste, no pudo verla posicionarse más como “Corriente Peruana”.)

Él la acusó a ella de prófuga, cuando fue él quien corrió. O no corrió. Solo caminó lentamente y sin avisar, dobló a la izquierda perezosamente, para pasar por un largo túnel y salir a la derecha y más abajo, signifique eso lo que sea.

Al final nadie escapa. Solo trepamos y bajamos y saltamos momentáneamente del control ajeno o nulo control ajeno que tememos como un fantasma que no vemos, para pretender que tenemos el control propio, el control de algo. Al final un planeta nos domina, mientras jugamos a escondidas con nuestro pasado y nuestro futuro, sin pisar fuertemente la playa del presente.

“¿Y ahora, para dónde nado?”, se preguntó.

El frío ya no le duele. Y eso es una gota de felicidad. Felicidad. Peculiar sustantivo que le cuesta arrojar a una página que escribe en una nube de la costa. Aunque sea en frágiles y efímeras tintas y páginas de cielo. Pero se despierta más. Parece ver en el infinito océano, un guiño a un cenit feliz, o a un ocaso feliz. Aunque sea a un consciente feliz.

Somnoliento, un día reciente dejó de huir. El frío ahora lo siente, como agujas conscientes en su médula; debajo de su lengua; en los ganglios de su abdomen. Como se siente el abrasador sol en su espalda o el sudor entre sus nalgas o el antiguo recuerdo de la mentira y el cadáver aún en movimiento de la deslealtad.

Siente. Y eso es victoria ante la anestesia local que tan hábilmente forjó y aún guarda en su mochila.

Siga pues.

Probablemente ya no reconozca a la prófuga que acusó y sigue lamentando. Pero el revuelo de sus alas, de las de ella, de otros cuerpos ajenos, llega a las olas. Sus ecos se esparcen sobre el mar. Sea en uno cálido, frío, hirviente o helado.

Vuelos rápidos. Vuelos fugaces. Vuelos calmos, flotantes sobre el mar.
Hombre solo en el mar.
No cesa el nado. Pero la brazada vendrá. O el ahogo.
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Tierra prometida

Martes, enero 15, 2019
Giancarlo, rostro expresivo y con sufrir; sonriente al viento; piernas resistentes; mirada fruncida. (Huacachina, Ica / Enero, 2019)

¿Me da un sol señor?“, me dijo Geancarlo con una voz quedita y tierna. Flaco, de huesos largos, piel morena inca, con marcas que le golpeó el sol sin bloqueador, y cicatrices de la vida que lo sacudieron sin preguntar y sin defensas más que las de sus pies y capacidad de trepar colinas de arena, que lo vieron nacer.

Rondaba entre la Laguna de Huacachina y Tierra Prometida, el extenso caserío que se levantó a la espalda de un concurrido sitio turístico de Ica, en el centro sur del Perú.

Caminaba junto a Daniel, regordete y cachetón. Ambos no pasarán los 10 años. Geancarlo sonriendo al viento; describiendo los movimientos de los turistas en buggies o tablas de sandsurfing, con asombro a pesar de que los ven todas las semanas. Describió con emoción el “tubular” que hizo horas antes algún ágil foráneo sobre la arena; o uno de esos vehículos que parece nacido del seno del desierto.

De un lado la turística laguna.

La arena endureció sus cueros y callos infantiles, como quizás sus casas de latas y cartón y sequía endurecerán sus espíritus. Pero hoy no. Hoy sonrieron mientras escalaron una vez más y pidieron un dinero para llevar al hogar maltrecho o a la pulpería por un helado. No sé.

“Ahí en esas casas”, respondió a la pregunta de dónde viven. Tierra Prometida. Parece un cruel chiste onomástico. La utopía del errante pueblo de Israel, prometida por un dios a Abraham en otro continente y por políticos en todo el planeta, sirvió para bautizar una comunidad de miles de almas en un país donde la pobreza arrasa a más del 20% de los habitantes.

Tras la colecta, caminaron de vuelta a la Tierra Prometida.

Sonrió agradecido, mientras mis dedos colocaron 1,75 soles en sus pequeñas manos. “Me alcanzará para pagar el mototaxi de regreso”, me justifiqué sin razón. No exigió nada el pequeño. Esa idiotez de querer sentir algo en la presunta caridad sin efecto. Aún para alguien como yo, que rara vez – nunca – da monedas en la calle y la vida.

“Gracias señor”, dijo Giancarlo antes de dividir la colecta de hoy en el desierto con Daniel. Y se encaminaron a bajar la pendiente del castillo de arena hasta su maltrecho barrio. Cuadrantes tristes en el lomo incómodo, en la espalda olvidada, de una ciudad que aruña al turismo sorbos de agua. Y en el desierto para más.

En medio de la joroba arrugada y desdichada y desahuciada por las naciones. Ahí dónde tiende a asentarse y anidarse la miseria.

La Tierra Prometida en Ica, Perú.

Ocaso de desierto

El caserío Tierra Prometida es extenso.

Tierra Prometida. Sonreí y exhalé pesadamente, ante la grosera mueca del registro civil del Estado peruano y los bautizos políticos, mientras cayó el sol en un cielo nubladísimo y perezoso de Ica.

Saboreé la arena en mis labios secos y lagrimeé para limpiar mis ojos, que miraban las decenas de viviendas frágiles.

Una bolsa plástica danzaba en el constante viento. Una más y otra. Frente a los rumiantes turistas, extranjeros en su mayoría, que contemplaban ambos paisajes. Hermosos. Dolientes. Somnolientos.

Algunos carros apuraron la tarde y entraron a la Tierra Prometida, que se comenzó a guardar en la noche del desierto peruano.