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Chorreador

Miércoles, mayo 13, 2020
¿Ya está el agua?

Nunca, creo, no te hice café.
No chorreé más palabras sobre tus pechos.
Me desgrané hacia adentro
y vi sucumbir
tu mirada cansada y trémula.

Caminé por uno, si.
Un café en vaso
que sabe a poco, ralo o petróleo.
Bebida tímida
tendiendo a helada.

Soplé un humo de amor
que te envolvió
y besó casi sin respirar
que gestó tu sudor discreto
y con sabor a bosque.

No te hice café y ya no importa.
Hoy el chorreador me mira quedito
y lanza sus vapores ancestrales de tela.

Bebo 1-2 tazas
cada mañana.
Ahora me hago cafés
inciertos, con carácter y de linaje.
(No killing moths or putting boiling water on the ants.)

Mi garganta se calienta
y sana sus quemaduras.

Es mío a ratos,
el café,
y yo por momentos soy de él.

Lo inhalo y camino
en la montaña que alguna vez me presentaste
o en la orilla de río que te presté.

Respiro y tomo un sorbo
que no compartimos
pero hoy puedo sentir y darme.

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El amanecer sobre el cadáver de Ernesto Guevara

Domingo, abril 12, 2020
Enclavado en colinas olvidadas del municipio de Pucará al sur de la provincia de Vallegrande, en Bolivia, yace La Higuera, el pueblo que vio morir a Ernesto Guevara.
La caminada es una especie de trance. Sin creer mucho, los árboles suspiran algo ininteligible.

Tu ejemplo alumbrará un nuevo amanecer.

La entrada a La Higuera.
El homenaje de una comunidad al Ché, una comunidad que se disipa como la tierra en el viento.

No hubo un nuevo amanecer Ché. Ya lo sabrás por ahora. El alba nunca llegó con rayos transformadores. La penumbra de la opresión y el dolor y la muerte cobarde y la desigualdad se estrujaron hasta el alba miserable que se hizo día eterno para millones en una América Latina saqueada que no ha sabido ser república.

No llegaron los focos del despertar, a pesar de ocarinas de esperanza y vientos de avances circunstanciales unos y consecuentes otros del modelo que pretendías derribar (la pobreza extrema han bajado en todas las regiones en desarrollo entre 1981 y 2010 según el Banco Mundial…).

Pero no hubo un amanecer estable como el planeo del cóndor que te vio caer herido en la quebrada El Churo de La Higuera.

“Yo me muero como viví.”

¡Cuántas revoluciones perdidas! ¡Perdidas Ernesto! Botadas a la basura por vos y tus amigos de egos enormes y delusiones desde el poder, la ilusión de pretender ser superiores moralmente a los que derrotaste en una isla o en un bosque. ¡Cuántas oportunidades borradas con la misma codicia del dictador asesino!

¡Cuántos cerros de agua fresca secados con miopía y corrupción! Las batallas y la sangre que justificaron el despertar violento de multitudes en Cuba o Nicaragua, pero más igual, más justo, más consciente y partícipe…

No solo vos Ché, no solos los estratégicos, brillante, elocuentes, lúcidos y avaros líderes se cuelan aún por los poros de la tierra, dejando marcadas lágrimas como cañones o colinas desiertas.

El amor y la entrega de cientos encarcelados asesinados torturados quedan ante la traición y el ego enfermo.

En Vallegrande aún hay pueblo que respira la memoria. Otra parte le da igual
En la lavandería del Hospital Señor de Malta en Vallegrande expusieron el cuerpo.

Doña Irma me dio comida y posada por algunos bolívares en este pueblito lleno de verde y humedad deliciosas, pero hecho de fantasmas secos que aún caminan entre los vivos, de ojos tristes y sonrisas silenciosas. “Me quiero ir”, me dice como un lamento que se transforma en ruego. “No hay nada aquí ya.”

Cuando solo veo desesperanza en el campo boliviano, una quietud hermosa con tu nombre en el viento desolado de La Higuera o sequía en La Palma de Abangares. O presos políticos en Masaya o un presidente asesino en Brasil o un terrorista primer ministro en Israel.

¿Qué amanecer alumbró? ¿Qué dieron a luz mis antepasados?

Museo.

Si “el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor” y “es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad” nos queda renacer, cada día, con cada brisa, en cada caminata o corrida.

Practicar un amor de guerrillas se hace necesario, casi trascendental, con la esperanza maltrecha con tímpanos sangrantes por las bombas, pero esperanza al fin, de que nuestras manos no tengan que tomar un arma contra un dictador. Y nuestras voces, abrazos y acciones de entrega mutua, disparen revoluciones.

No tengo para reír, mi amor no sonríe. Muerde y gime y se ensucia e intenta. Intenta sonreír más.
Su sonrisa duerme.
Comandante.
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Quietud urbana de la ciudad capital en presencia del coronavirus

Domingo, marzo 22, 2020

Un texto como este se publicó originalmente en el medio digital El Observador pero con edición. Este texto salió en una noche de aislamiento cómplice. Fotos de Alonso Solano.

“Está despejado. Vacío realmente.”

Nadie.

“Hay silencio. La ciudad de noche es una bóveda que custodia historias y augurios.”

De esta mujer poeta costarricense con viento de corredora indomable en sus sandalias
Soledad, aquí están mis credenciales.

Mientras Alonso Solano – autor de las fotografías que acompañan este texto – volaba con su moto por las calles semi vacías de la capital, yo corría por una nota, dos notas, tres notas (de este medio de comunicación digital) en una nueva mañana de una semana, que exponencialmente aumenta su nivel de aceleración informativa y estrechez social, aumenta su volumen de episodios de ciencia ficción y cuidado y/o paranoia sanitaria.

La imponencia de cinco carriles.
  • “La cifra de muertos escaló a más de 200 en Estados Unidos.”
  • “El régimen de Daniel Ortega desoye las medidas y convoca a la marcha “el amor en tiempos del COVID-19”
  • “Ante la cuarentena, animales toman el control de la ciudad”
Seguir caminando.

No tengo mucho tiempo de pensar en el real significado de lo que estoy publicando, porque el mundo nuevo que vivimos – el mundo en los tiempos del coronavirus – no cesa en su vorágine de desenlaces en torno a la epidemia que golpea a la humanidad, recluida en sus casas y rascacielos, recordando que somos una especie frágil y débil, pero cuyo ego se infló con base en un cerebro más sofisticado y una mano más avasalladora que el resto del reino animal.

En la Avenida Central, el viento no se cruza con los gritos de vendedores ambulantes. Y “Aura”, la vendedora del puesto por el reloj de la avenida Central, hace unos días dejó de ir. San José se torna más fácilmente caminable cuando ya no se puede – o al menos no se debe – caminar. El Mercado Central ya no olía a esa mezcla única de sopa de mondongo y ceviche y flores y hierbas y carnes guindando de un gancho. Se aquietaba, bajaba sus revoluciones ante la escasez de público.

El helado de sorbetera ya no tiene quien lo lama. Los bancos se separan y prohíben, sin posaderas, sin un almuerzo culoconculo. La pandemia coloca mascarillas al vapor de la ollae’carne.

“Al viento”, frondosa escultura de Manuel Vargas, se seca sin las miradas curiosas de niños y de quienes agradecemos que regale estética a una ciudad caótica y desordenada, aunque hoy en pausa. En la tormenta de un virus, todos salimos salpicados (el ministro Daniel Salas nos lo recuerda todos los días, ¡reaccione Costa Rica!). Se tambalea el comercio, sufren las empresas y se quedan sin compañía, sin juego en su seno, la cancha de baloncesto, la de fútbol, las hamacas, las 72 hectáreas de la Sabana, respirador artificial de la capital y su concreto.

Los feligreses ya no pasarán por el orgullo (o la pena) de aventar unas monedas o billetes a la bolsa de las limosnas. La Merced y todas sus hermanas cerraron también sus fronteras. Bueno, los parques primero, las misas después.

La Avenida Segunda no es un torrente de sangre metálica y de células de buses llenas y de smog y gritos y mal parqueados. Se frena con toda su imponencia de cinco carriles.

Pero dos amigos, uno con mascarilla, nos recuerda que la vida sigue y seguirá, contagiado yo de coronavirus o no. Muertos dos o cuatro o cien. Aún no sabemos, pero el ministro Salas lo advierte y recuerda. Somos vulnerables y nos iremos. Unos con más probabilidad que otros. Se irán algunos, regresarán las sonrisas y las mejengas y los apretes en el parque Central.

Quien no se quiere ir es la marimba del boulevar peatonal más importante del Área Metropolitana.

Celebrar el Día Mundial Sin Carro cayó en marzo. El aislamiento de las masas y la reclusión en las viviendas son la opción para combatir al COVID-19, al menos por ahora. San José se apaga en la noche más callada y en penumbras que ha vivido en un buen tiempo.

Este texto se publicó originalmente en el medio digital El Observador pero con edición. Fotos de Alonso Solano.

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Focos en el ocaso de Villa Tunari

Miércoles, marzo 18, 2020
Se escapó. No lo pude captar ni guardar. Mejor así.

Se escapa el día por el contorno de las colinas y por el borde del bosque, línea de nacimiento de la Amazonía en Bolivia. Huye el ocaso perezoso; corretea por los dos ríos (es uno que se desgarra en dos) como esos lagartos basiliscos. Pero lento sin sprint hacia el Carrasco, pulmón de Cochabamba.

El azul se hace morado y se hace negro y yo me hago sonrisa agradecida nostálgica, mientras un geco se olvida de la goma y cae del techo a la mesa. Azurumbado, se despide rápidamente y acelera temeroso de mi esencia humana.

Deja una estela luminosa amarilla sobre la mesa. Antes de bajar a un rincón del tronco/banco, vuelve a ver, parpadea reptileanamente y me escribe su nombre con la lengua en el aire.

Desde el lindero del hostel, justo en el margen del río. Inconsciencia.

En medio del día, faros lanzan destellos de dragado. Maquinaria desvía el camino natural del agua. Por exigencia de la comunidad de Villa Tunari, ansiosa y con miedo de lo que tanta lluvia y tanto río (el Espíritu Santo y el San Mateo la encierran) podrían hacer sucumbir.

El hombre sigue creyendo que puede hundir sus piernas metálicas en el suelo con violencia y enterrar sus manos eléctricas en el agua con codicia, sin que la tierra escupa bilis del desencuentro.

Pero hoy el aguacero muestra clemencia. La tierra arcillosa no traga más y las nubes se cansaron de arrojar.

Villa Tunari se ubica en Cochabamba, en el centro de Bolivia. Y está en el lindero del Parque Nacional Carrasco, donde inicia la Amazonía boliviana.

Fresco y descansado me acerco a la penumbra y beso la sombra, deseoso de brotar alas de mi espalda y tirarme en parábola sobre el agua; alcanzar al día-basiliscus y sumergirme en la selva boliviana. No saldré. No volveré a abrazar a Mama, no volveré a besar a Victoria. No volveré a tomar y fumar conversar con mis amigos.

Pau el catalán. Alma amable que le brotaba de la cabellera rubia despeinada.

Agua, río, sedimentos, máquinas, voces comunales que lideran el dragado, cervezas de los políticos pequeños – compinches o enemigos de Evo – en sábado.

Todo queda atrás. Bebo del musgo y reposo en una copa a 50 metros de altura.

Pedazo de bosque en Villa Tunari.
Me sonreíste, con dientes desvencijados y ojos cansados, y me mandaste a seguir mi camino.
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Día absurdo. No. Vida absurda. Receta en Copacabana.

Miércoles, febrero 19, 2020
Península que se desplaza de la decadencia.

– Sin amanecer ni sol a las 6:30 a.m.

– Ver a Fabiola salir de un cuarto somnoliento, como si fuera ayer cuando me recibió con pocas palabras y nulas respuestas en el Hostel Las Algas del Titicaca. Si, es tan sórdido como suena. Sus interiores se volvían un edén tras el cansancio, pero eran una nube de desidia que se levantó en pensión.

– Café del agua prohibida. Herví más para llenar botella.

– Salir un momento y ver que hay mucho sol. Vestirse acorde. 👙

– Caminar al ascenso del cerro El Calvario en Copacabana con lluvia. Lluvia de golpe tras el sol. Lluvia molesta, lluvia que aruña y habla muy duro y me muerde los tobillos como una psicópata.

Lluvioso ascenso al punto más alto de Copacabana.

– Descender El Calvario con menor lluvia, llovizna tenue pero molesta. Frío. Y chocolate caliente y salir y sol. “Llovió solo pa’ que me mojara.”

– (Andar en bici por la península, hermoso.) Paréntesis. (Delicioso cansancio en mis piernas y sudor de sol incansable y viento helado del Titicaca y adrenalina cuando no freno y saltos por tierra agreste y lodosa.)

Mirador de Sampaya.

– Hormiga sola pica el pie en el frío descalzo, mientras camino un círculo grande en el mirador de Sampaya, al cual llegué tras dejar la cleta a un costado y subir.

– Una familia de agricultores me ve con seriedad y sin deseo de un saludo. Quizás una sonrisa en el alma.

Hola…
…hola

– Bajar la colina de la bella visión de las aguas.

– Continuar el camino a al final de la lengua de tierra que se adentró en el lago y la bici revienta en un caño bajo que no percibí en el camino de lastre. Un milagro de baja probabilidad evita que vuelque en una dolorosa vuelta sobre mi eje. Solo me freno y me hielo.

***Mierda, ¿y ahora? Jueputa cleta más tuza. Respire, pudo ser peor. Rico sol. (Risa sonora y mis dientotes pelados al viento.)***

En el camino, la gruta.

– Creo que hay arreglo. Uf. Se torció ese tubo, pega con el aro.

– Zafar la llanta, creyendo iluso que algo hace, y todo se ve peor. Manos negras de mecánico. Bien.

– Esperar, carro, otro y uno más, no paran. “Uy no…voy a recoger a una señora…” Y uno más…este sí me lleva a Península para volver a Copacabana por 100, no, 90 bolivianos.

– Mmm, ¿cómo la subimos? “Tengo unas cuerdas.” Vamos. Agarra, aguanta.

Segura.

– “Vamos al final, mi hijo te va a llevar, 90.” Bueno, gracias por parar. De Costa Rica, chiquitico, antes de México…

Al suave del sol.
Peces atrapados, corrales.

– De vuelta en la cuesta turística de este pueblo fraccionado en el tiempo, señora arma lío. “Yo no rompí nada. Casi me rompo yo. Acá está.”

– Desvaneciendo de hambre. Caminar.

-Un pez que se llama pejerrey. El lago los tiene.

– Bajar y subir la principal calle de Copacabana.

– ¡Encontrar menú a 10! Ya vuelvo. El mercado estará igual. Idiota.

– Caminar al mercado. 10 bolivianos menú. Excelente. Deme menú seño con trucha. “No hay, solo albóndigas.” Mmm. “Trucha son 20 bolivianos.” Ah no, bueno, gracias. Volverse a la única otra seño que sigue. Un menú por favor. Si claro. Con pejerrey. (Breves oraciones en aymara.) “20 bolivianos el pejerrey. Menú no me queda.”

– Nombrar a un pez pejerrey.

– Subir. Bajar. Subir. Bajar.

– Desaparece el menú a 10 y la joven que lo ofrecía. Desaparece un rincón de una cuesta turística.

– Y veo al dueño de la bici por todo lado.

– Subir, bajar, subir, vueltas. ¿Cómo se perdió en un centro de 900 metros de largo?

– “¿Querés comprar hierba?” Ajjj…si. Ya que me lo topo. 80 bolivianos. Parece albahaca. “Si ya sé que parece lechuga, pero es buenísima, rica. Vamos a fumar un poco.”

– Fumar con Emanuel. Argentino. Bonaerense. Alto y bronceado. “Uff loco yo fumé a la 1 de la tarde y uff… Dale quedate con ese, me voy a trabajar. Chau.”

– Sentir la vibra calmante y el humo que sosiega por un rato. Quizás sí es lechuga.

– Seguir caminando.

– Completar una hora y media perdido en ese. ⬆

– Menú 20 bolivianos. Entrar. Ya. Mi cuerpo se molestó. “Sí hay.” Gracias dioses.

– Manos negras de mecánico. Bien.

– Una valiente sopa de sabrosa quinoa anima y levanta lo que un arroz simplón y una trucha insípida botan. Eso. Inflado botado.

– Un viajero asiático ofrece bolivianos y $1 por el menú. Joven inconsciente no acepta. ($1 = casi 7 bolivianos) Moneda de dos bolivianos para la sed. “Here you go. Take it. That’s ok.” Sonrisa sin dientes. Cansado.

– Compartir picante.

– “¿Viente con fresco o mate?” “No.” Claro. Gracias.

– Lapicero no escribe. Otro de cartón desmembrado.

– Vale. Ir por cerveza. La cerveza y el sol siempre se cruzan bien en mi pecho y mis ojos.

***Mmm, panza llena y pulmones masajeados.***

Copacabana es punto de contacto boliviano con el ancestral Titicaca.

– Bajar por cerveza y hablar con Gastón el malabarista de Salta en su primer viaje fuera de su ciudad. Conoce bien Bolivia y va para Perú.

– Caerse la nena, qué pichazo, porque habla y camina aún como una bebé. Y porque la mamá trabaja. Y porque el padre es ausente, un fantasma grotesco que se fue con la brisa del lago. Uf, quizás perdió la venta por atender la caída. Niña boba.

– Hmmm…ajá. Que rica cerveza.

No me caí. Pero me detuve. Ya estaba tumbado. Más bien me levanté con la isla.
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Poza

Lunes, febrero 10, 2020
Ser agua.

Estaba asido a nada una tarde de montaña. Asido a mis estructuras en ruinas, a mi gris melancólico vaporizado. Tomado del aire. El viento surcando mis entrañas, olfateando mi delgadez. Planeaba en mi fortalecida respiración.

Y sin sirenas de aviso en la noche, deslicé de tu largo sonoro cabello negro rectilíneo como una cascada sin obstáculos rocosos, hasta caer en el arco de tu espalda; una poza cálida en un día de nevadas, turquesa con transparencia, profunda y silenciosa.

Sin gritos me sumergí con los ojos abiertos (sin miedo a perder un lente de contacto), con una tenue inclinación de la cabeza de la dueña en el fondo. Preguntome qué hacía llegando de clavado a su vacío nebuloso.

  • No me tiré de clavado.
  • (Inclinación hacia su derecha)
  • Me caí. Bueno, estaba caminando y me distraje…
  • (Silencio de poza.)
  • …Y no me pude agarrar de una rama y luego caída libre y agua en mi garganta…
  • Extraño.

I jumped in the river, what did I see?
Black-eyed angels swam with me
A moon full of stars and astral cars
And all the figures I used to see

Lancé mis piernas a la resistencia líquida y emergí sordo del eco acuático. Mordí el aire para recobrar sentido. Floté unos segundos en círculo, rodeado de paredes de celofán construidas de agua, detrás de las cuales miles de ciempiés hechos de luz caminaban sin cesar, en conversaciones de insectos de cinco segundos. Movimiento continuo de estelas de lumens ancestrales.

Era una cavidad calma. La brisa inventada por tu médula besaba mi piel; mordía suavemente mis talones; subía por mis muslos y rozaba mi pene activado, despierto, atento; me rasgaba la parte posterior del cuello antes de escurrirme el pelo.

Tus huesos se salían de tu piel, para asomarse desde afuera a través de la cúpula de tu cenote. Entraba la luz y entraba tu esqueleto, sonriente y bailante sin dar explicaciones, de porqué estaba ahí, porqué caí ahí, qué miraba cuándo resbalé por tus trapecios de canela molida.

Nadé sin temor para llegar a una playa corta, breve, fugaz como un beso en un callejón de neblina con una posada/cantina camuflada en la negritud al fondo o un aprete en el sórdido bar que rehúyen los culpables. Un litoral de granos de sol que (de tener el ecosistema para eso) cabría solo en el asteroide B-612.

Mis brazos se guindaron de un ceibo que apareció a saludarme.

  • Extraño.
  • No, bueno…
  • ¿Caíste?
  • Sí, supongo.
  • Llegaste.

All my lovers were there with me
All my past and futures
And we all went to heaven in a little row boat
There was nothing to fear and nothing to doubt

Su enorme rama me tumbó boca arriba en la arena púrpura. Intenté descifrar la sonrisa en la concavidad de su tronco. Miré fijamente. Y me devolvió una cabeza de agua, estallido de la poza, bramido del planeta.

Escalé y surqué, con el rocío del roce de tus muslos cayendo en la ahora noche. Había regresado a la montaña, con el sol ya escondido y rumiante. Mis zapatos desechos a un lado, mis pies sucios y enraizados. Una discreta luz de eclipse sostenía la curva de la noche.

Lamí mis labios que goteaban y se desvaneció hacia atrás mi cuello cansado. La penumbra me envolvía. Y mi lengua – sin saberlo ni entenderlo ni recordar de dónde – aún guardaba el sabor de tu piel morena profunda.

Jump off the end
Into a clear lake
No one around

Caer. Llegar.
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Trepado en un árbol (me hablaste de él)

Lunes, enero 27, 2020
En la rama.

Trepado (yo) en un árbol en una playa en Manuel Antonio, me hablaste de él. Me relataste una canción consecutiva sin bemoles ni segmentos para dúos o tríos. Contaste un soneto abrupto y al compás de mis preguntas y de tus temores.

De tus ojos lanzaste dedos que bajaron por tu garganta hasta tu pecho – tierra inerte en recuperación – para tocar cuerdas que resonaron en tu lengua ágil y a veces cauta, a veces torpe y miedosa.

Me hablaste de él, yo trepado en un árbol con el bamboleo de un mono y la atención plena en tus ojos y el mar, que eran lo mismo.

Alineaste dolor vivo y carne quemada. Con preguntas olfateé tu sangre seca en la piel de tu cuello largo y suave y delicioso e inacabable e insondable.

Él encadenó una partitura digital de ocultismo y escapismo, de golpes de ruidos industriales y riffs de otro idioma. Guardó prudente y pendejo silencio ante tu incomprensión, ante tu génesis de rencor, ante tu derrumbe silencioso.

Trepado en un palo en una playa de mar turquesa escuché tus movimientos de salida, tus pasos de huida, de-ja-me-sa-lir-no-quie-ro-ver-te-nun-ca-más.

El brindis repetitivo de las olas se mezcló con tu corrido, tu sprint a una nube oscura en caída de aguacero, primo de otro aguacero que nos caería esa misma noche.

Haciendo equilibrio en un tronco en la arena, elegiste tu podio para hablarme de él. Estiraste un banano a mis monadas, me compartiste fruta, yo trepado en un palo, huyendo de la gravedad.

Me apeé de mis propias ramas. De mi mirada salieron brazos para abrazarte o invitarte a subir. Una rama calma.

“Gente, ya tienen que salir”, nos sacudieron dos voces.

“Vamos pues.”

El sendero universal aguarda el resto del cuento…quizás.

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Juegos

Lunes, enero 20, 2020
El juego es una delicia de viaje, aunque no conozcamos los colores de la última casilla, si es que existe.

Jugábamos un juego sutil y ardiente. Un juego – primero – de frases largas y concatenadas, y risas ruidosas y amplias que danzaban con el aire nocturno de Chepe y Cementerio-Sabana (o Sabana-Cementerio); – luego – un juego de cuerpos y pieles derretidas por mi calor interno que te sacudía los huesos ligeros.

De labios inagotables y lenguas incansables que recorrían en rotondas nuestras carnes con gotas y ríos. Y tu humedad me absorbía y ahogaba pleno. Y mi sudor te aplacaba la sed insistente.

Era un juego de palabras que emergían de las cientos de páginas de las decenas de libros que cargabas en tu mochila (bulto de payaso de biblioteca, bulto con zípers hechos de hojarascas antiguas que la cobardía nos rehuyó de abrir a Borbotones), y aterrizaban como besos en mis cachetes huesudos y anidaban en mi pava de colochos arrepentidos; vos lanzándolas desde el techo de Apple Corps.

I said
Who put all those things in your hair

Era un juego de cuestas en penumbras y calles prohibidas y potreros dormidos. Cada noche despertábamos con el farol y huíamos a tumbarnos en el frío cortado por tus piernas vagas largas amarradas en dos vueltas en mi espalda; y por mis brazos pulpos que ceñían cada músculo, sembraban cada parcela de piel, regaban cada rincón de sudor, tus senos rebeldes contra mi pecho ahogado y rumiante.

Era un juego sutil y ardiente, mafioso y diabólico, noble-perro y arisco-gato, huracanado y un tizón en la médula.

Fue un juego cuyo tablero nunca completé ni quise trazar hasta gastar la tiza.

Y que hoy se desaparece en la espuma succionada por la arena.

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Breve paréntesis sobre pedir

Lunes, diciembre 16, 2019
Si somos una partícula en un planeta, donde una nevada me puede aplastar, ¿qué control o poder puedo tener sobra esto, esta red que llamamos vida?

(Alex pide abrigo. Yo pido bananos que desfallezco del hambre. Es una fruta maravillosa llena de energía que aparece en cualquier rincón. (De alguna forma creo que el banano nos enlaza – con recuerdo de gozo y dolor por la esclavitud alrededor de ella – en toda Latinoamérica. Como el cacao, pero en el otro lado del revés.)

Alex pide asiento, sandalias, sal, abierto, más comodidad. Yo miro y quiero pedir un poco más de comida, una cobija más. Pedir perdón porque agotado grité sin necesidad, en lugar de susurrar con calma.

Pedir agua al vecino, al desconocido que riega su patio, es esencial a nuestra consciencia.
Ser agua.
Las nubes nos levantan cuando estamos bajos.

Pedir se ha satanizado como débil y vergonzoso y vagabundo. Y sí, en su extremo puede ser una repulsiva petición de lástima para vivir.

Pero también puede ser un acto de humildad y amor propio. Una especie de contacto humano, surgido de lo más viscoso y esencial, extraído de la médula ósea de las neuronas en la parte más primitiva de nuestro cerebro.

El camino es largo y curvilíneo, como para no apoyarse de ramas y manos.

Una oración que nos enlaza con otra, que también da tumbos por esta tierra con muchas y confusas definiciones. Una tierra plagada de letras, símbolos y códigos, pero con pocos ojos lectores que ayuden a comprender a otros ojos. Pero que sean ojos que también se dejen ayudar a entender, por por los otros que deambulan por ahí.

Ser vulnerable y pedir el abrazo o el banano, que confortan mi alma, la cual podrá entregarse después.)

Pedir al planeta y el universo, que lo vemos, pero no lo escuchamos, hablamos idiomas distintos. Pero le pediré.

Paréntesis segundo

Pedir fuego.

(Antes, muchos siglos antes de Salkantay, Mariano me espetó con notable modo argentino: “¿y por qué no lo pediste loco?”, cuando le dije que por alguna razón hace muchos días tenía ganas de un abrazo, que me sucedió pocas veces en el pasado, o solo lo ignoré.

Bueno loco, ché que te hiciste fantasma de mi nuevo caminar y de mi porvenir espero, te digo: pidamos un abrazo y fundámonos en él.)

Alex es un gringo muy buena vibra, con quien caminé durante cuatro días hasta Machu Picchu a través del alto y frío paso de Salkantay.
Me lo topé en el camino. Había sufrido una mordedura de araña, que le generó una tremenda infección. Aguantó unos días, se curó con repollo que nos dio un tío y luego marchamos. Llegó renqueando y molido, y es un tipo que es guía en el desierto y los ríos del medio oeste de Estados Unidos. Una mula para marchar y dejó todo. Mi cuerpo aguantó.
Creo que arriba ambos dejamos ir mucho.
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Incendio / A los ojos (préstamo de Jorge Debravo en La Carpio)

Miércoles, noviembre 27, 2019
Así los vimos y masticamos.

Estas palabras son fruto de un ejercicio que hicimos tres personas, en un taller sobre escritura creativa (realmente el taller es de comunicación aprovechando la escritura como herramienta) que imparto con apoyo del Sistema Integral de Formación Artística para la Inclusión Social (Sifais) en la comunidad de La Carpio. Jugamos con dos poemas de Jorge Debravo e intentamos contrastar dos polos de emociones tremendamente enraizadas al ser humano: el amor y la desolación, la esperanza y el desencanto, el brillo y la maldición de la vida, en el amplio sentido de la palabra. Esto fue lo que me salió a mí.

Incendio

“A veces las palabras son como maldiciones”

O más bien como tragos malditos
que nos dan a beber cuando nos las dicen,
o decidimos tomar cuando las decimos.
Y comienzan a roer por dentro,
mordiendo rincones dormidos y despiertos del alma,
asentándose con acidez en el organismo magullado.

Nos cambian los riñones
nos transforman el hígado
convierten las células de nuestros órganos trabajados.

Dejamos de sudar agua y potasio y sodio para
transpirar agrura.
Olemos a rencor y a pus
una estela que perdura.

El líquido amniótico de las frases
abre camino
por nuestros bosques.

Chispas que amenazan
con quemarnos vivos y en silencio.

Jugar con palabras en la Cueva de Luz de La Carpio.

A los ojos

“Acerca tu alma. Mira. Yo te amo.”

Te amo.
Te lo dije anoche.

(Aunque signifique poco en el río del pretérito
y en el improbable océano del futuro.)

Te amo a mi manera,
hoy lúcida y transparente
donde ayer fue opaca e infiel.

No lo hago con los planos de un edificio
en mi bulto,
sino con los de un puente
de brisa marina.

Te amo
no para mirar un porvenir,
sino para vibrar
una luna llena presente.

Tragué arena
al intentar gritar.
Cicatricé palmas y plantas
para caminar hasta aquí.

Te pelo mis dientes amplios
y te beso un amor
silente y fugaz.
Lo único que tengo.

A veces las palabras son como maldiciones.

“Angustia” – (aquí lo pude encontrar en línea pero dentro de un análisis)

Acerca tu alma. Mira. Yo te amo.

Resurrección – (aquí en línea en una foto de Facebook)
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