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Juegos

Lunes, enero 20, 2020
El juego es una delicia de viaje, aunque no conozcamos los colores de la última casilla, si es que existe.

Jugábamos un juego sutil y ardiente. Un juego – primero – de frases largas y concatenadas, y risas ruidosas y amplias que danzaban con el aire nocturno de Chepe y Cementerio-Sabana (o Sabana-Cementerio); – luego – un juego de cuerpos y pieles derretidas por mi calor interno que te sacudía los huesos ligeros.

De labios inagotables y lenguas incansables que recorrían en rotondas nuestras carnes con gotas y ríos. Y tu humedad me absorbía y ahogaba pleno. Y mi sudor te aplacaba la sed insistente.

Era un juego de palabras que emergían de las cientos de páginas de las decenas de libros que cargabas en tu mochila (bulto de payaso de biblioteca, bulto con zípers hechos de hojarascas antiguas que la cobardía nos rehuyó de abrir a Borbotones), y aterrizaban como besos en mis cachetes huesudos y anidaban en mi pava de colochos arrepentidos; vos lanzándolas desde el techo de Apple Corps.

I said
Who put all those things in your hair

Era un juego de cuestas en penumbras y calles prohibidas y potreros dormidos. Cada noche despertábamos con el farol y huíamos a tumbarnos en el frío cortado por tus piernas vagas largas amarradas en dos vueltas en mi espalda; y por mis brazos pulpos que ceñían cada músculo, sembraban cada parcela de piel, regaban cada rincón de sudor, tus senos rebeldes contra mi pecho ahogado y rumiante.

Era un juego sutil y ardiente, mafioso y diabólico, noble-perro y arisco-gato, huracanado y un tizón en la médula.

Fue un juego cuyo tablero nunca completé ni quise trazar hasta gastar la tiza.

Y que hoy se desaparece en la espuma succionada por la arena.

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Breve paréntesis sobre pedir

Lunes, diciembre 16, 2019
Si somos una partícula en un planeta, donde una nevada me puede aplastar, ¿qué control o poder puedo tener sobra esto, esta red que llamamos vida?

(Alex pide abrigo. Yo pido bananos que desfallezco del hambre. Es una fruta maravillosa llena de energía que aparece en cualquier rincón. (De alguna forma creo que el banano nos enlaza – con recuerdo de gozo y dolor por la esclavitud alrededor de ella – en toda Latinoamérica. Como el cacao, pero en el otro lado del revés.)

Alex pide asiento, sandalias, sal, abierto, más comodidad. Yo miro y quiero pedir un poco más de comida, una cobija más. Pedir perdón porque agotado grité sin necesidad, en lugar de susurrar con calma.

Pedir agua al vecino, al desconocido que riega su patio, es esencial a nuestra consciencia.
Ser agua.
Las nubes nos levantan cuando estamos bajos.

Pedir se ha satanizado como débil y vergonzoso y vagabundo. Y sí, en su extremo puede ser una repulsiva petición de lástima para vivir.

Pero también puede ser un acto de humildad y amor propio. Una especie de contacto humano, surgido de lo más viscoso y esencial, extraído de la médula ósea de las neuronas en la parte más primitiva de nuestro cerebro.

El camino es largo y curvilíneo, como para no apoyarse de ramas y manos.

Una oración que nos enlaza con otra, que también da tumbos por esta tierra con muchas y confusas definiciones. Una tierra plagada de letras, símbolos y códigos, pero con pocos ojos lectores que ayuden a comprender a otros ojos. Pero que sean ojos que también se dejen ayudar a entender, por por los otros que deambulan por ahí.

Ser vulnerable y pedir el abrazo o el banano, que confortan mi alma, la cual podrá entregarse después.)

Pedir al planeta y el universo, que lo vemos, pero no lo escuchamos, hablamos idiomas distintos. Pero le pediré.

Paréntesis segundo

Pedir fuego.

(Antes, muchos siglos antes de Salkantay, Mariano me espetó con notable modo argentino: “¿y por qué no lo pediste loco?”, cuando le dije que por alguna razón hace muchos días tenía ganas de un abrazo, que me sucedió pocas veces en el pasado, o solo lo ignoré.

Bueno loco, ché que te hiciste fantasma de mi nuevo caminar y de mi porvenir espero, te digo: pidamos un abrazo y fundámonos en él.)

Alex es un gringo muy buena vibra, con quien caminé durante cuatro días hasta Machu Picchu a través del alto y frío paso de Salkantay.
Me lo topé en el camino. Había sufrido una mordedura de araña, que le generó una tremenda infección. Aguantó unos días, se curó con repollo que nos dio un tío y luego marchamos. Llegó renqueando y molido, y es un tipo que es guía en el desierto y los ríos del medio oeste de Estados Unidos. Una mula para marchar y dejó todo. Mi cuerpo aguantó.
Creo que arriba ambos dejamos ir mucho.
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Incendio / A los ojos (préstamo de Jorge Debravo en La Carpio)

Miércoles, noviembre 27, 2019
Así los vimos y masticamos.

Estas palabras son fruto de un ejercicio que hicimos tres personas, en un taller sobre escritura creativa (realmente el taller es de comunicación aprovechando la escritura como herramienta) que imparto con apoyo del Sistema Integral de Formación Artística para la Inclusión Social (Sifais) en la comunidad de La Carpio. Jugamos con dos poemas de Jorge Debravo e intentamos contrastar dos polos de emociones tremendamente enraizadas al ser humano: el amor y la desolación, la esperanza y el desencanto, el brillo y la maldición de la vida, en el amplio sentido de la palabra. Esto fue lo que me salió a mí.

Incendio

“A veces las palabras son como maldiciones”

O más bien como tragos malditos
que nos dan a beber cuando nos las dicen,
o decidimos tomar cuando las decimos.
Y comienzan a roer por dentro,
mordiendo rincones dormidos y despiertos del alma,
asentándose con acidez en el organismo magullado.

Nos cambian los riñones
nos transforman el hígado
convierten las células de nuestros órganos trabajados.

Dejamos de sudar agua y potasio y sodio para
transpirar agrura.
Olemos a rencor y a pus
una estela que perdura.

El líquido amniótico de las frases
abre camino
por nuestros bosques.

Chispas que amenazan
con quemarnos vivos y en silencio.

Jugar con palabras en la Cueva de Luz de La Carpio.

A los ojos

“Acerca tu alma. Mira. Yo te amo.”

Te amo.
Te lo dije anoche.

(Aunque signifique poco en el río del pretérito
y en el improbable océano del futuro.)

Te amo a mi manera,
hoy lúcida y transparente
donde ayer fue opaca e infiel.

No lo hago con los planos de un edificio
en mi bulto,
sino con los de un puente
de brisa marina.

Te amo
no para mirar un porvenir,
sino para vibrar
una luna llena presente.

Tragué arena
al intentar gritar.
Cicatricé palmas y plantas
para caminar hasta aquí.

Te pelo mis dientes amplios
y te beso un amor
silente y fugaz.
Lo único que tengo.

A veces las palabras son como maldiciones.

“Angustia” – (aquí lo pude encontrar en línea pero dentro de un análisis)

Acerca tu alma. Mira. Yo te amo.

Resurrección – (aquí en línea en una foto de Facebook)
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Manos, arrugas y gracias

Domingo, octubre 20, 2019
El camino del Sampaya, Copacabana.

Llegando a la cima del Cerro Pucara, al mirador Sampaya, pensé en Victoria, yéndose de intercambio al extranjero. Me tropecé del presente, para correr a la niña hecha adolescente, aunque falta para ese momento. El viento afilado, compañero de un sol sin compasión, me sacudió de vuelta.

Ya en lo más alto recuerdo ese pensamiento de la niña cariñosa y con carácter que pregunta por mí a sus abuelos. Y también recuerdo otra nube pasajera en mi mente. Pero solo logro ubicarla con el intertexto: “en los momentos más miserables de mi vida…” y unas rebeldes lágrimas que cayeron al seco suelo unos pasos atrás.

No reconstruyo cuál puente concatenó esos pensamientos, ni cómo se dilucidaron para luego evaporarse en el firmamento de nubes. Sopló el aire de agradecimiento, el oxígeno de perspectiva. Gracias a la vida que me enfría con viento helado y me calienta con el sol de un cénit sin obstáculos.

En las alturas mis pulmones respondieron.

Aunque vuelven muchas veces, cada día, esos tragos de sangre oxidada del pasado ya no se reflejan igual ni en el mismo espejo/lago. (32 años. Los matices cambiaron en dos décadas). Golpean con otras manos, unas que a veces reconozco y en otras solo se difuman levemente.

Siento que debo estrecharlas, pues si aún se abalanzan toscamente en mi camino, por algo es. Alguna bicicleta desvencijada las trajo hasta este punto. Pero no las besaré – esas manos huesudas, mis manos huesudas – ni las alzaré ni las contemplaré.

Las oleré como el perro noble que soy y las dejaré en frente de mi mirada curiosa y cansada. Las entenderé y aceptaré. Para esperar de cuál uña sale una boca con su lengua acelerada e inconsciente y dientes manchados, para que así podamos conversar.

Los dioses arrojaron piedras como quien tira bolinchas.

Las moscas zumban por mi cabeza y mis pies descalzos y cicatrizados tragan el sol y el polvo. Aquí en Pucara, Copacabana; al lado de un lago del cual emergieron dioses y reyes y guerreros, al lado de las aguas que dieron de mamar al imperio más poderoso de este lado del planeta.

Miro el azul pesado y el continuo pincelado del viento sobre la superficie del Titikaka. La isla quedita (la Luna) me observa con desdén. Parece querer salir nadando y volar después. Impulsarse con piernas de puma, que rompen las raíces que lo amarraban a la cordillera de los Andes.

Ojalá se levante y bote a sus habitantes y busque sus propias manos, que dejaron los dioses hace muchos milenios.

La rueda del día.
La isla tampoco. Solo quiere despertar.

Mi cuerpo se queja con algo de frío, algo de hambre y algo de ganas de orinar. La bicicleta alquilada quedó abajo, la bicicleta desvencijada atrás en el camino.

Gracias a la vida y sus manos. Pausaré siempre para leer sus arrugas, cada vez más dormidas.

No me escucharon.
¿Y si acampo en esa playa? ¿Si me desvanezco en sus arenas?
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Linderaje

Martes, septiembre 24, 2019
¿Por qué apareciste?

Noche. 11:00 p.m. Tras un día de lavar platos, barrer, fumar, limpiar, picotear comida vegana, bajar/subir sillas/bancos a/de la mesa/barra, escuchar las bromas repetidas de un palestino noble, caótico, destructivo y que coquetea con el suicidio, tomar buses en curvas de valles sagrados: me apresto a dormir en el nido hundido que una familia dulce y seca preparó para mí. (Quizás le recuerdo al hijo que nunca tuvieron, si tuviera un acento foráneo.)

11:00 p.m. y su voz resuena cortando el aire helado de Chinchero, al cual apenas mi piel se acostumbra, tras una semana de conocerlo íntimamente. Me dijeron que durmiera y lo hice. Prepararme para la larga jornada del siguiente día. Linderaje. Esa fue la invitación patriota. Mi aceptación fue igual, invitando al abrazo del mundo, de él y ella y yo, de todos en el pueblo, de todos en el mundo, cuyos antepasados algún día no tuvieron países y solo un vasto terreno por caminar.

Nos esperan los montes de Chinchero.

Borracho, don Nico interrumpe mi noche e irrumpe en el cuarto de frío y siete cobijas sobre mi cuerpo esmirriado. Linderaje, ¿estás listo? Dormido no, pero lo estaré. Espero. Abrazo al universo y contradictoriamente lo que se celebra es la colocación de fronteras, de límites. Es la marcha/baile para pagar homenaje a los de antaño, que establecieron límites de los territorios en el distrito de Chinchero, provincia de Urubamba, en el insondable Cusco. Se traza una fiesta, para caminar y cantar y beber y fumar y comer por el respeto de las áreas colindantes entre comunidades.

Madrugada, 3:00 a.m. Ya empieza la banda a sonar y los mayordomos con el Mastoy, el Mastoy Eloy. Es el líder del grupo, que convoca a actos y reuniones con su pututu, una corneta que suena de entrada a callejón de Cúper Pueblo, la comunidad que hoy realiza su linderaje. Pututu, redoblante, flauta, gritos y la caminata lenta por las calles. 3:00 a.m.

Aún resuenan tambores de batallas y guerras ancestrales.

Despertar a la comida

Empieza en las casas, continúa por los callejones y se dispara en la plaza en el sitio arqueológico.

Dormito una hora sin levantarme, para entender que mi cuerpo ya no tendrá más descanso. Adelante ondea el cerro y la faina que espera a un pueblo experto en trabajar, con doctorado en construir. Pero primero lo primero: el alimento. A las 5:00 a.m. las mujeres ya tienen casi listas varias ollas con sopa de carne, papa, zanahoria, quinua… Una bomba para levantar un muerto, pero no a un dormido.

Ni dos horas después, reunión y comida en la plaza de la Iglesia colonial. El opíparo ofrecimiento me desborda. Varios platas de comida son presentados y con vergüenza debo rechazar dos. Me como otros dos y siento que estallaré en forma de aves añejas y ciegas, para dar tumbos en los muros de la ermita y morir en el zacate fresco.

La comida se reproduce.

De ahora en adelante queda caminar. El Mastoy y los suyos, más algunos apasionados, se van por el camino largo, el camino inca, el camino que ancestros más pequeños y fuertes marcaron en el corazón del imperio más poderoso que este lado del mundo ha conocido. Aunque su estadía fuera veloz.

A pesar de la ayuda de un primer vehículo para acercar a la cima y los minutos de sueño regalados, me siento tumbado antes de empezar. Desolado ante la energía de estos señores que si trabajan, mientras yo discurro con modo libre. Avergonzado miro el cielo, me hielo en mis mejillas y dedos, afronto la montaña muy lejos y pequeña en el horizonte, y comienzo.

Bailes desde el inicio.

Hombre helado caminando

Me llevaron.

La subida me vuelca los pulmones. “¿Estás bien Manuel?”, lanza don Nico preocupado. Él como si nada, yo enterrado en la altura. Pero no, no puede ser. (Realmente sí, es lo esperable, con todo y su añito de yoga, no sabe de alturas ni frío.) Respire. Respire. Solo así. Respiro y sé que llegaré.

Me fortalezco en la fluidez con que los dueños de Chinchero caminan. Ligeros, constantes, sin temor de la montaña, sin arrugar al largo camino, sin huir de la mirada de la muerte. Así quiero vivir. Sabiendo que el nevado me puede llevar en cualquier momento, así para qué temer su copo de nieve.

Espejos del campo.

En Chuchapampa nos acompañan las lagunas, sauso, en el cielo blanco y agua con pereza de caer. Nueve hombrones, un niño y yo, un amante de la caminata y un maestro torpe de la huida. De ahí no puedo huir, no quiero huir, no deseo huir. Ahí debo estar.

Me miraron y me besaron y me susurraron: “pe, aquí debes estar”.

Cima

Músicos del barrio.
El Mastoy.

Ya se habían adelantado algunos. Minuto a minuto comienzan a llegar más. Personas y mulas cargadas de cerveza, chicha, aguardiente, papas, yucas y mil verduras para una sopa para un batallón. Ventas y gentes y perros y nubes. Choclo, pan, banquete. Linderaje, homenaje y comida para los linderos que marcó la humanidad en su crecimiento. Aquí, tras las guerras, supieron llevarlo con más calma. Cada pueblo se respeta en su forma de honrar la tradición.

La cruz tiene 20 años ahí trepada, como si Jesús – palestino y hombre de desierto y calor, que vivió vestido en una manta ligera – quisiera encaramarse en este frío. Pero en fin, lo espera.

Los sables, las cruces, los báculos.

Antes del nuevo banquete, mi cuerpo se agota. Escapo al monte y vuelvo preparado para dormir. Con risas murmullos de compañía, me desconecto en una nube de sueño.

Llegamos.

Me despierto al pasar de las botellas y los vasos de cerveza y las tazas con chicha. Me uno al círculo eterno en la montaña de compartir bebida y más comida. Juntos festinamos. Juntos somos uno. Desde aquí se ven las divisiones y las fronteras. Calca, Urquillos, Urubamba… Las fronteras de mi sueño, que se desbarataron cuando lo caminé. Cuando entendí que las fronteras son un absurdo y una compañía molesta para el amor.

Mediodía. Una fila de hormigas-humanos vienen por el borde de la montaña, el camino largo, el camino inca. Suben al punto y ruedan para abajo. Momento emotivo, antes de las palabras políticas. Si, en todo lugar de la humanidad hay política.

Ofrenda.
Que hay que dejar.
En la cima y abajo.

Líderes, funcionarios del gobierno local y cabezas de organizaciones comunales hablan en quechua, para llegar a los suyos y sus necesidades. Para seguir sembrando, seguir bailando, seguir hablando para tanto que necesita la comunidad de Chinchero. De tubos para conectar una nueva casa, al riachuelo y que tenga agua; a muros de contención.

Don Nico habla.

Bailes de hombres en enaguas y traje, rojos y blancos y negro. Honoraki. “Importancia de mantener y hablar las tradiciones. Se lo debo decir a mi hijo”, resumen con pasión Fidel y Claudio amigos y compañeros de don Nico. Eso es. Hijo, debés saberlo. Hermana, debés saberlo. Humano, entendé. En esto, hay una sensible red entretejida que nos une a lo único que nos mantiene vivos.

Bailar al monte, al pasado, al futuro, a la cruz y a los dioses españoles y a los dioses del planeta.

Tarde, gris y frío. Resuenan las trompetas y platillos y redoblante y pututu.

Aún el linderaje nos tiene una última sorpresa. El Apu Kuntur, el dios del Hanan Pacha – el mundo de ahí arriba – aparece y nos mira con arrogancia y al mismo tiempo una invitación. Frío pero paternal. En sus alas polvo de estrellas y látigo del sol y misterios lunares.

Justo ahí, un minuto o menos. Linderaje. Fronteras que diseñamos y ya será casi imposible deshacer, pero que en lugar de separar nos conecta a la red que nunca podremos abandonar.

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Reparaciones

Domingo, septiembre 15, 2019
Ojos.

Agua sale debajo del tanque de agua caliente,
corre por el piso de concreto del patio de pilas
y dispara mi TOC de limpieza.
(Tranquilo, la lavadora nueva
tiene pilotes de hule
como aquella cabaña de madera en Uvita
con ella.)

Tendemos al reguero
a esparcirnos en un charco de temores
a desparramarnos en sudor y placer.
(Mientras muerdo el paño
para sostenerlo con poca voluntad
y eventualmente cubrir el caos de líquido y sensaciones.)

Las sábanas sucias
esperan en la canasta de mimbre.

El drogadicto con camiseta de la Sele
espera que
la perezosa muerte llegue
a la esquina de
calle 8 y avenida 7.
(por el Bar Colochos).

Vos callás y vos sonreís
y vos te desgastás y vos aceptás
y ella lame y su ella siente
y usted se lanza y usted se atreve
y usted se cae y usted vuela al
nido de nubes del cual zarpó y que tanto añora.

El agua parece seca en el piso de concreto
coloco mi pie desnudo
y se llena de humedad y polvo
y lágrimas de este viejo apartamento
(atraviesan el muro del revés
y al mismo tiempo se rompe la tinaja
de adobe con agua fresca de río.)

Las yemas de mis dedos
acarician el sudor en mi frente
mientras gotas bajan por la nuca
y se cruzan con el tejido de mi camiseta roja.

(Calmo bostezo,
disfrutando su paso de lluvia
me evaporaré a la atmósfera
para volver a caer en los pétalos de una orquídea
y fluir en una catarata eterna
como la savia de la vida.)

Agua y suelo.
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Urubamba, ha sido un placer

Jueves, agosto 29, 2019
Cusco es una leyenda hecha tejado.

Urubamba, ha sido un placer. Digo Urubamba, pero es el Valle Sagrado de los incas. Un idilio de montañas y nubes antiguas, y ruinas que susurran poderosos poemas de guerra, y ríos largos y fríos, y vida en cada poro de los troncos. En su corazón se mueve Cusco, ágil y activo, hermoso y pobre, rico y paradójico.

Cusco, Cusco es tu nombre sagrado como el sol del Incario inmortal.

En su cerebro dirige inmortal e imponente Machu Picchu. La Plaza Inca (me disgusta eso de Plaza de Armas para tantas ciudades, un homenaje al impune genocidio de los españoles) no se detiene más que unas breves horas antes de salir el sol.

Día y noche: ventas ambulantes, tiendas, turistas, vendedoras, artesanas, bares, comida…golpean y arrullan a la vez, y el Mercado de San Pedro vigilante de la vorágine de una ciudad emergida del seno del volcán, pero arrasada por la guerra, respetada por los asesinos y reconstruida por los herederos latinoamericanos, hoy meca viajera.

Tenía sed y me dio de beber.
El santo en San Blas.

(Breve paréntesis sobre pedir

¡San Blas!

Alex pide abrigo. Yo pido bananos. Alex pide asiento, sandalias, sal, apertura, más comodidad.

Pedir se ha satanizado como débil, vergonzoso y vagabundo. Y sí, en su extremo puede ser una repulsiva petición de lástima para vivir.

Pero también es un acto de humildad y amor propio. Pedir. Ser vulnerable y pedir el abrazo del argentino o el banano al dueño del bar, que confortan mi alma, la cual podrá entregarse después al cálido toque.)

Plaza Inca, las armas que se jodan.

Espectacular centro hoy de comercio y turismo, ayer del Imperio matemático que controló un continente. Pero la mercantilización de la cultura no le quita un gramo de misticismo. Resbalosa, Recolecta, Loretto, Tambo de Montero, ¡San Blas!

Camine el free city tour.

Cada calle y cuesta guardan celosas historias de colonos asesinos y colonizados muertos; de luchadores y a la larga nuevos ciudadanos; de curas lujuriosos y santos corruptos y reyes déspotas; de amores y niños compadritos encerrados en la pared, apenas latiendo pero provocando milagros entre los vecinos.

Treparlas y caminarlas con el sol o cortando la lluvia demoledora es un deleite para los cinco sentidos, ¡porque se siente hasta al tocar muros!

La Calle de la Amargura.

Me enamoré de una venezolana quien atendía mesas en un restaurante italiano. Me tomó unas fotos en la penumbra. Le encanta componer imágenes y es dibujante.

Al volverme de la sombra que miré cuesta arriba, me di cuenta que ella ya no existía en la noche, y su sonrisa linda y dolida se me derritió en el agua de los riachuelos que encubre la ciudad, 20 metros bajo las calles. Cada caminada de Cusco puede sumergirme en esa sonrisa, en un beso que añoré de ella y en una respiración calma que sentí a su lado.

La conocí dos minutos. La amé profundamente. Me tomó una foto.

Cusco legendario. Cusco místico. Cusco ebrio y drogado del presente. Cusco de goma. Cusco temblando. Cusco llorando. Cusco riendo. Cusco sudoroso y empapado. Cusco un centro que es el abrepaso a un valle fértil pero consumido y atribulado a la vez, a un imperio derrumbado y renacido con un paladar más gris y una visión más miope.

Si toma foto, ellas quieren que pague. Yo no pagué.

Me abrió el camino a este Valle Sagrado de los incas, donde lloré y me vacié por completo, para llenarme de agua del nevado y de amor. Con la misma edad de mi esqueleto, pero con la eternidad en mis venas y arterias.

(Realmente primero te aprieto Cusco.)

Los perros juegan en el campo, lloran en la ciudad.

Urubamba, ha sido un placer. Tu alboroto es fuego en mi corazón. Tu abrazo y tu beso descansan aquí y allá…

El calor fresco en Sacsayhuaman.